La clase media no es un sujeto político


ENTREVISTA CON EZEQUIEL ADAMOVSKY, HISTORIADOR DE LA UBA E INVESTIGADOR DEL CONICET 

 

Autor de la primera historia de la clase media en Argentina, Adamovsky plantea que no se trata de un estrato social homogéneo, sino de una identidad compartida por amplios sectores, surgida con el antiperonismo y con fines contrainsurgentes. 

Por Javier Lorca 

En Argentina, los sectores medios de la sociedad no conforman una clase social ni un grupo política o económicamente homogéneo, sostiene Ezequiel Adamovsky en Historia de la clase media argentina (Planeta). Pero casi toda la sociedad –argumenta– está atravesada por una identidad de clase media, caracterizada por rasgos antipopulares y clasistas. ¿Cuándo y por qué se configuró esa identidad? ¿Cómo se manifiesta hoy? Adamovsky analiza estos temas en diálogo con Página/12 y concluye: “Es necesario volver a pensar el modo de construir vínculos políticos entre las clases bajas y al menos una porción de los sectores medios”. 

–¿Por qué pone en cuestión la existencia de la clase media como tal? 

–Los diferentes grupos sociales a los que se suele llamar “clase media” son objetivamente muy distintos: hay gente independiente y otra con relación salarial, gente con ingresos altos y otra con ingresos más bajos que los de un obrero manual, gente con y sin formación superior… Es un conglomerado muy diverso y, de hecho, históricamente, no ha actuado de manera homogénea ni a través del tiempo ni internamente. Por eso, me pareció importante analizar el proceso por el cual un grupo muy heterogéneo llegó a adquirir una identidad compartida. 

–¿Cómo caracteriza a esa identidad? 

–Tiene, por un lado, una serie de características que hacen a la propia idea de clase media y que aparecen en otros países: la idea de que la clase media es algo que está entre ricos y pobres, que encarna la moderación, la racionalidad y la movilidad social. Pero además hay características propias del caso argentino. Una es que la identidad de clase media nació con una marca política muy fuerte, surgió como reacción al peronismo, como una separación respecto de esa plebe insubordinada que había aparecido. La identidad de clase media nació con la marca antiperonista. En Argentina se presupone que alguien de clase media no es peronista, así como se presupone que alguien del bajo pueblo es peronista. Ninguna de las dos cosas es necesariamente cierta. La identidad surgió con otras dos marcas asociadas. Una es étnico-racial: la forma en que se despreciaba al bajo pueblo por sus rasgos, por “cabecita negra”. En contraste, la clase media apareció entonces asociada a lo blanco y europeo, como descendiente de la inmigración y baluarte del progreso: los que vinieron a trabajar por oposición a los que estaban acá y eran un obstáculo. Otra marca es regional: cuando se habla de clase media se presupone no sólo alguien no peronista y blanco, sino también alguien de la región pampeana, sobre todo de la ciudad de Buenos Aires. 

–Las apelaciones a la clase media surgieron desde sectores de la elite y antes de que se constituyera la identidad, según describe en el libro. 

–Sí, es algo muy parecido a lo que pasó en otros países pero bastante antes. La expresión “clase media” fue introducida por políticos e intelectuales ubicados a la derecha del arco ideológico, que intentaron incentivar un orgullo de clase media para contrarrestar los lazos de solidaridad entre los sectores más bajos del pueblo y el escalón superior. Esto empezó después de la Semana Trágica, en 1919. Ahí un grupo de liberales, nacionalistas, católicos, radicales, empezaron por primera vez a convocar a una clase media –que no existía como tal– para tratar de convencerla de que no debía mezclarse con esos obreros revoltosos. Estos llamamientos fueron muy intensos a mediados de los ’30, por la preocupación que generaba el comunismo. Pero el momento cuando todo esto se convierte en una identidad y es adoptado por un amplio sector de la población es 1946. Después de la derrota de la Unión Democrática ante Perón, se hace carne la identidad de clase media, con sus marcas políticas, culturales y étnicas. 

–¿Cómo se configura la idea de que la Argentina es un país de clase media? 

–La identidad de clase media entronca con mensajes previos que venían desde el siglo XIX. Desde Sarmiento y Mitre en adelante, en los grupos de elite había un fuerte discurso que asociaba al país con lo europeo, a lo criollo con un rasgo de inferioridad, y vinculaba a la Argentina con el relato de la modernización. Ya desde entonces la modernidad aparecía asociada con el espacio urbano, sobre todo Buenos Aires, mientras lo rural y lo criollo eran los obstáculos al progreso que la inmigración venía a superar. La identidad de clase media hace propia toda esta narrativa y aparece como encarnación de la argentinidad, como la clase que trae la modernidad para superar el atraso previo, un atraso que –para ese relato–- reaparece con el peronismo. Toda la historia nacional está marcada por esa tensión entre el proyecto que asocia al país con lo blanco, europeo, racional y moderno, y su contracara, los sectores plebeyos. 

–Todo eso tiene también un correlato a nivel latinoamericano: Argentina se postula diferente de los demás países. 

–Es una idea que también viene desde el siglo XIX, Argentina como una excepción en América latina porque su población está más relacionada con Europa, porque en teoría tuvo una burguesía pujante que trajo progreso y, sobre todo, por el peso relativamente menor del componente indígena. 

–Enfatizar el carácter “contrainsurgente” con que se configura la clase media, ¿no supone un poder puramente negativo que deja a los sujetos encerrados en una situación pasiva, como si no tuvieran nada que hacer ante la ideología de las elites? 

–Por eso insisto en analizar la clase media como identidad y no como clase. De hecho, esa identidad tiene características tan antiplebeyas precisamente porque las personas concretas de sectores medios no actúan como la identidad espera. En Argentina hubo varios momentos históricos en que parte de los sectores medios actuaron políticamente junto con las clases bajas y con proyectos populares, incluso revolucionarios. En el ’19, cuando surgió este discurso, había un gran activismo obrero acompañado por empleados de comercio, bancarios, maestras, chacareros, estudiantes. Además, había una ideología revolucionaria con fuerte predicamento en sectores medios. Es en ese contexto que se estimula una identidad para contrarrestar esos vínculos. Pero la tensión entre una identidad antiplebeya y el hecho de que las personas concretas de sectores medios muchas veces actúan junto a las clases populares es una constante de la historia nacional, y sigue presente hoy. La clase media como tal no es un sujeto político. 

–¿Cómo atraviesa esta identidad los ideales revolucionarios de los ’60 y ’70, luego la represión y el neoliberalismo? ¿Qué cambia y qué perdura? 

–Cuando cae Perón ya hay una identidad de clase media instalada, por primera vez hay gente que se considera de clase media y no parte del pueblo. Después se abre un largo período de disputa entre dos proyectos que proponen a diferentes figuras como centro de la nación: la clase media o los trabajadores. En esa época surge un elemento que no está en otros países: el desprecio enorme que personas de la clase media tienen contra la propia clase media. Esto aparece con Jauretche, Ramos, Sebreli y otros ensayistas que acusan a la clase media de racismo, de no entender los problemas nacionales y aliarse con la elite. No es una cuestión sólo de intelectuales o militantes, sino que se difunde en toda la sociedad como parte de esa disputa entre dos imágenes contrapuestas de nación. La disputa se salda, provisoriamente, con el Proceso. Ahí hay una derrota del proyecto que trataba de situar al trabajador como eje de la nación. La imagen de la Argentina como país de clase media queda entonces indisputada. De algún modo, eso encarna en el alfonsinismo, que aparece como superación del peronismo y vuelta a la “normalidad”, con fuerte protagonismo de la clase media. La identidad penetra muy hacia abajo, generando ese fenómeno que vemos todavía hoy: gente incluso muy pobre que cree ser de clase media. Durante los ’80 y ’90 esta identidad continúa sin disputa, hasta que el país colapsa. 

–¿Por qué interpreta que las posibilidades abiertas por 2001 son clausuradas por el conflicto con “el campo” en 2008? 

–En 2001 hubo un encuentro muy poderoso de sectores bajos y medios, incluso en la calle, con voluntad de confundirse en un mismo sujeto social. Es muy interesante que, en 2002, los sectores dirigentes que intentaron “encauzar” el país advirtieron que el peligro más grande que enfrentaban era esa combinación de reclamos. El proyecto de Duhalde pasaba por ahí, por evitar que la clase media se juntara con la baja. Y el proyecto del primer Kirchner pasaba no por volver a una clase media antiplebeya, pero sí por mantener claro el límite entre una clase y otra. Casi no hubo político argentino que insistiera más en el orgullo de clase media que Kirchner. Con la normalización económica y política que trajo su gobierno, se volvió a una separación más clara entre quiénes eran clase baja y quiénes no. Y el conflicto de 2008 con las entidades del campo fue una especie de cierre de época. Hubo una puesta en escena en la que los sectores que apoyaban al campo se apropiaron del lenguaje de 2001 con un sentido opuesto. Salieron a cortar rutas y a cacerolear, pero con un proyecto excluyente. En lugar de una vocación de confundirse en un mismo pueblo, había una actitud racista y clasista. Fue una farsa que marcó el cierre de 2001. Volvió a aparecer en boca de gente de izquierda o identificada con el Gobierno el escarnio a la clase media. También había en eso algo de farsesco: se volvió a hablar con las palabras de Jauretche, cuando claramente no estábamos ya en aquel país. Hay una sociología muy rápida entre sectores progresistas que considera a la clase media como un grupo social homogéneo. Y esto es un obstáculo para pensar políticamente, porque hay cantidad de personas que no actúan a favor de la derecha ni con prejuicios clasistas. Es necesario volver a pensar el modo de construir vínculos políticos entre las clases bajas y al menos una porción de los sectores medios. El prejuicio que descalifica a la clase media es cómodo pero inmoviliza, confirma lo que ya sabemos: si la clase media es así y todo el país es clase media, entonces no hay nada que hacer. 

Fuente:  Pagina 12 – 7/12/09 

 

 

La democracia y el pueblo – Eric Hobsbawn


LA CRISIS INTERNACIONAL Y LAS POLITICAS DE LOS GOBIERNOS

“La utopía de un mercado global de laissez faire y sin Estado no llegará”, señala Hobsbawm.
“La utopía de un mercado global de laissez faire y sin Estado no llegará”, señala Hobsbawm.

En un mundo crecientemente globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales coexisten con poderes que tienen tanto impacto como ellos en la vida diaria de sus ciudadanos, pero que están más allá de su control.

Por Eric Hobsbawm *

Gracias a los medios de comunicación masas, la opinión pública es más poderosa que nunca, lo cual explica el constante incremento de las profesiones que se especializan en influenciarla. Lo que es menos conocido es el vínculo crucial entre los medios políticos y la acción directa: una acción desde la base que repercute directamente en quienes toman las decisiones, eludiendo los mecanismos intermedios de los gobiernos representativos. Ello resulta más evidente en los asuntos transnacionales, en los que no existen esos mecanismos intermedios. Todos estamos familiarizados con lo que se ha denominado “efecto CNN”: la políticamente poderosa, pero completamente desestructurada sensación de que “algo debe hacerse” respecto del Kurdistán, Timor Oriental u otra zona en conflicto. Más recientemente, las manifestaciones en Praga y Seattle han mostrado la efectividad de la acción directa bien dirigida por pequeños grupos conscientes del poder de las cámaras, incluso contra organizaciones que fueron diseñadas para ser inmunes a los procesos políticos democráticos, como el FMI y el Banco Mundial.

Todo esto enfrenta a la democracia de impronta liberal con el que quizá sea su problema más serio e inmediato. En un mundo crecientemente globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales coexisten con poderes que tienen tanto impacto como ellos en la vida diaria de sus ciudadanos, pero que están más allá de su control. Los gobiernos ni siquiera tienen la opción política de abdicar ante tales fuerzas que escapan a su radio de acción. Cuando los precios del petróleo aumentan, existe la convicción en los ciudadanos, incluso en los ejecutivos de las empresas, de que el gobierno puede y debe hacer algo al respecto, aun en países como Italia, en donde poco o nada se espera del Estado, o como Estados Unidos, en donde muchas personas no creen en el Estado.

¿Pero qué podrían hacer los gobiernos? Más que en el pasado, están bajo la presión creciente de una opinión pública continuamente controlada. Ello restringe sus opciones. Pero los gobiernos no pueden dejar de gobernar. Además, se ven alentados por sus expertos en relaciones públicas para que se muestren gobernando constantemente, y esto, como ha mostrado la historia británica del siglo XX, implica multiplicar gestos, anuncios y, a veces, hasta leyes innecesarias. Y las autoridades públicas de hoy se ven constantemente enfrentando decisiones sobre intereses comunes, que son de índole tanto técnica como política. Aquí, los votos democráticos (o las elecciones de los consumidores en el mercado) no son en absoluto una guía. Las consecuencias ambientales del crecimiento ilimitado del tráfico a motor y las mejores formas de lidiar con ellas no pueden ser descubiertas simplemente por un referendo. Además, estas formas pueden resultar impopulares, y en una democracia es poco inteligente decirle al electorado lo que no quiere oír. ¿Cómo pueden organizarse racionalmente las finanzas públicas, si los gobiernos se han autoconvencido de que cualquier propuesta para aumentar los impuestos conduce a un suicidio electoral, cuando en las campañas electorales se compite por bajar impuestos y los presupuestos gubernamentales se ejercitan en el oscurantismo fiscal?

En resumen, la “voluntad del pueblo”, o como quiera llamársela, no puede determinar las tareas específicas de gobierno. Como apropiadamente observaron Sidney y Beatrice Webb respecto de los sindicatos, la “voluntad del pueblo” no puede juzgar proyectos, sólo resultados. Es inconmensurablemente mejor votando en contra que a favor. Cuando consigue uno de sus principales triunfos negativos, como derrocar los regímenes corruptos de 50 años de posguerra en Italia y Japón, es incapaz por sí mismo de ofrecer una alternativa.

Y aun así, el gobierno es para la gente. Sus efectos son juzgados por lo que afecta a la gente. Por más desinformada, ignorante o aun estúpida que sea la “voluntad del pueblo”, y por muy inadecuados que sean los métodos para descubrirla, es indispensable. ¿De qué otra forma podríamos definir la manera en que las soluciones técnico-políticas, por más expertas y técnicamente satisfactorias que sean en otros aspectos, afectan a las vidas de los seres humanos concretos? Los sistemas soviéticos fallaron porque no existió una retroalimentación de información entre aquellos que tomaban las decisiones “en nombre del interés del pueblo” y aquellos a quienes se imponían esas decisiones. La globalización del laissez faire de los últimos 20 años ha incurrido en el mismo error.

La solución ideal ahora está menos que nunca al alcance de los gobiernos. Es la solución a la que recurrían en el pasado los médicos y los pilotos, y a la que sigue tratando de recurrir una parte crecientemente desconfiada del mundo: la convicción popular de que nosotros y ellos compartimos los mismos intereses. Nosotros [el pueblo] no le dijimos [al gobierno] cómo debe servirnos -carentes de pericia, no podríamos-, pero hasta que algo salga verdaderamente mal, le brindamos nuestra confianza. Pocos gobiernos (para distinguirlos de regímenes políticos) disfrutan actualmente de esta fundamental confianza a priori. En las de impronta liberal, los gobiernos raramente representan la mayoría de votos, ni qué decir del electorado. Los partidos de masas y organizaciones, que alguna vez otorgaron a “sus” gobiernos confianza y apoyo constante, se han desmoronado. En los omnipresentes medios de comunicación, los directores, entre bambalinas, y arrogándose una idoneidad competitiva con la del gobierno, no dejan de comentar críticamente los desempeños gubernamentales.

De modo que la solución más conveniente, a veces la única, para los gobiernos democráticos, es mantener el mayor número posible de decisiones fuera del alcance de la opinión pública y de la política, o, al menos, dejar de lado los procesos característicos del gobierno representativo. Muchas decisiones políticas serán negociadas y decididas detrás de escena. Lo que incrementará la desconfianza ciudadana en los gobiernos y la mala opinión pública sobre los políticos.

¿Entonces, cuál es el futuro de la democracia de impronta liberal en esta situación? Con la excepción de la teocracia islámica, en principio ningún movimiento político poderoso desafía esta forma de gobierno. La segunda mitad del siglo XX fue la edad dorada de las dictaduras militares. El siglo XXI no parece demasiado favorable a ellas -ninguno de los estados ex comunistas ha elegido seguir por esa vía-, y casi todos esos regímenes militares carecen del cabal coraje de la convicción antidemocrática: se limitan a proclamarse salvadores de la Constitución hasta el día (sin especificar) del retorno del gobierno civil.

Por ello es que, cualquiera que haya sido su apariencia antes de los terremotos económicos de 1997-1998, ahora resulta evidente que la utopía de un mercado global de laissez faire y sin Estado no llegará. La mayoría de la población mundial, y ciertamente aquella bajo regímenes democrático-liberales que merecen tal denominación, continuarán viviendo en estados operativamente efectivos, aun a despecho de que en algunas -y poco felices- regiones el poder y la administración estatal se hayan desintegrado virtualmente. La política continuará. Las elecciones democráticas perdurarán.

En resumen, deberemos enfrentar los problemas del siglo XXI con un conjunto de mecanismos políticos espectacularmente inapropiados para lidiar con esos problemas. Se trata de mecanismos que están, en efecto, confinados dentro de las fronteras de unos estados nacionales enfrentados a un mundo interconectado, fuera del alcance de sus operaciones. Aún no está clara la longitud de su radio de acción dentro del vasto y heterogéneo territorio que posee una estructura política común como la Unión Europea. Se enfrentan a y compiten en el marco de una economía globalizada que opera a través de unas unidades harto heterogéneas y para las cuales son irrelevantes la legitimidad política y el interés común, a saber: las corporaciones transnacionales. Sobre todo, se enfrentan a una era en la que el impacto de las acciones humanas sobre la naturaleza y el planeta se ha convertido en una fuerza de proporciones geológicas. La solución, o aun la mera mitigación, precisará de medidas para las cuales, casi con certeza, ningún apoyo podrá encontrarse contando votos o midiendo las preferencias de los consumidores. Esto no mejorará las perspectivas a largo plazo de ninguna democracia en el mundo.

Encaramos el tercer milenio como el irlandés apócrifo que, preguntado por la mejor manera de llegar a Ballynahinch, y tras una breve pausa reflexiva, espetó: “Si yo fuera usted, no partiría de aquí”.  Pero aquí estamos, y de aquí partimos.

Publicado en Dayly Times
Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica.

Fuente: Página 12 – 18/1/09

La Polémica entre la Sociología y la Historia


Repensando una antigua polémica entre historiadores y sociólogos. El debate Simiand – Seignobos y algunos dilemas de la historiografía contemporánea. (selección de texto)

Por Fernando Devoto

En 1903 la Révue de Synthese Historique que dirigía Henri Berr publicaba dos largos textos de François Simiand bajo el título general unitario de “Methode Historique et sciense sociales” (…) el eje de un debate con otros historiadores como Ch. Seignobos (…) Era en realidad una virulenta crítica exclusivamente contra el libro que este último había publicado en 1901 con el título de La méthode historique appliquée aux science sociales (…) Las polémicas entre historiadores o entre historiadores y otros científicos sociales acerca de la naturaleza, el objeto y el método de la disciplina eran moneda corriente entre esos años en Francia y fuera de ella

Fueron las generaciones de historiadores posteriores las que vieron en ese debate el punto de arranque entre dos concepciones de hacer la historia, proyectando allí los orígenes teóricos de la nouvelle histoire. Y no es tal vez innecesario recordar que ese camino que convirtió al texto de Simiand en el manifiesto de la nueva generación pasaba a través de las continuas referencias elogiosas de Marc Bloch y Lucien Febvre (…) [Simiand] en 1903 era tan sólo un joven discípulo de Durkheim que no había cumplido los treinta años ni terminado su doctorado

(…) Pero la importancia de aquel debate no tiene que ver sólo creo con el texto de Simiand y con los orígenes de la nouvelle historique sino también con la figura de su adversario. Seignobos, el ya por entonces prestigioso profesor de Metodología Histórica de la Sorbona, continuó proyectando su sobre a lo largo del siglo y no sólo como prototipo caricatural de aquella historia “historizante” (…) Los ejes del debate (…) son tres: en torno al modelo de ciencia, en torno al método, en torno a la relación entre las distintas ciencias sociales (…) En tanto nueva disciplina universitaria, la historia aparecía así necesitada de una legitimación que la distinguiese por un lado de las clásicas ciencias físico-naturales como así también de las antiguas humanidades clásicas (…) La búsqueda de definir esta cientificidad (…) será el objeto que se propondrá Seignobos.(…) definir la cientificidad de la historia partiendo no de problemas metafísicos “desprovistos de todo interés” sino desde punto de vistas prácticos (…) La cientificidad de la historia servía así para legitimar la aspiración al monopolio del saber por un grupo profesional (los historiadores universitarios) excluyendo de la disciplina a los historiadores ajenos  a la corporación y a la generación anterior (o si se prefiere dividiendo en dos a la misma: una erudita o académica o científica, la otra asistemática, artística o amateur)

Definir el carácter de la ciencia histórica a partir de la práctica del historiador llevó a Seignobos a proponer una definición de la historia como una ciencia de conocimiento indirecto: sostenía que, a diferencia de las ciencias de observación directa, el historiador no puede conocer los hechos sino tan sólo las huellas de los mismos: los documentos. La historia deviene así no una ciencia del pasado sino un método científico de estudio de los documentos de ese pasado (…) El historiador (…) sólo puede entonces tratar de establecer los hechos a través de la crítica de los documentos (crítica que permite ascender del documento al hecho). Luego de establecidos los hechos individuales el historiador debe operar con ellos agrupándolos en grandes conjuntos de hechos simultáneos por un lado, sucesivos por el otro.

(…) Es evidente que más allá de cuáles sean los méritos epistemológicos de la propuesta, ella fuerza desde sus presupuestos al historiador a ejercer su disciplina como una ciencia eminentemente descriptiva (…) El historiador queda así inhibido de ir más allá de la simple comprobación de los hechos y de algunas operaciones sencillas de agrupamiento que especialmente en su dimensión temporal le permiten observar la evolución social pero no comprenderla.

(…) El historiador recorta así drásticamente su horizonte de posibilidades y al hacerlo en realidad pone en cuestión no tanto la utilidad de la historia (…) ni su función social (…) sino su aspiración científica y por ende su legitimidad como disciplina universitaria.

La propuesta de Seignobos por otro lado no se reducía al mundo de los historiadores sino que se proyectaba hacia las otras nuevas ciencias sociales (…) Al definirlas, el autor de La methóde excluía la sociología.

(…) Seignobos proponía un diálogo entre las distintas ciencias históricas y sociales que colocaba a la historia tradicional en el centro del cuadro descriptivo y que proyectaba sus métodos de crítica de documentos a las otras disciplinas.

Si fuera necesario buscar un motivo para la polémica que no fuera estrictamente historiográfico se lo podría fácilmente encontrar en este último parágrafo. El debate confrontaba a un prestigioso representante de una disciplina dominante (…) con un joven estudioso de una disciplina nueva (la sociología) y por lo demás representante de un grupo, el de Durkheim y sus discípulos, que se encontraba en los bordes del sistema universitario francés

(…) El libro de Seignobos era una verdadera provocación para los sociólogos, los excluía de las ciencias sociales a la vez que prohijaba una integración de las restantes bajo la hegemonía de la historia. Exactamente lo opuesto a lo preconizado por los sociólogos durkheimianos los que sí compartían la idea de la unidad de la historia y las ciencias sociales y pensaban que esta debía realizarse bajo la hegemonía teórica de la sociología. El expediente polémico en exceso (…) era por lo demás común entre los durkheimianos.

(…) La posición defendida por Simiand tenía a su favor no sólo la voluntaria modestia de la propuesta de Seignobos sino también la de ser formulada desde la filosofía y no desde la historia artesanal (Simiand por lo demás, al igual que la mayoría de los primeros durkheimianos, poseía una licencia en la disciplina). El eje central de la propuesta del joven sociólogo era discutir la noción de ciencia defendida por Seignobos.

(…) Simiand no negaba que las concisiones para la constitución de una ciencia positiva fueran más difíciles en el campo social que en el de las ciencias naturales pero defendía la idea que entre aquellas y estas no existía una diferencia de naturaleza o una oposición. La idea de una radical oposición derivada del modo de conocimiento del objeto era un error ya que para Simiand ese conocimiento no era indirecto (como sostenía Seignobos) sino tan sólo mediato. Pero la asunción de estas semejanzas  entre ciencias físico-naturales y ciencias sociales obligaba a éstas a seleccionar el tipo de fenómenos a estudiar, descartando aquellos irrepetibles y por consecuencia contingentes (y no objeto de estudio científico) para concentrarse en aquellos otros hechos recurrentes, por ende constantes (y en tanto tales, pasibles de ser utilizados para la construcción de leyes)

(…) Así, concluye Simand, si el estudio de los hechos humanos quiere convertirse en ciencia positiva está obligado a desembarazarse de los hechos únicos para concentrarse en aquellos que se repiten, a descartar lo individual para concentrarse sobre lo regular, a eliminar lo individual para estudiar lo social.

(…) Un programa ambicioso y que sin duda por lo radical de sus proposiciones (que no dejaban espacio para ningún compromiso con la propuesta de la historia tradicional) y por el tono incendiario en el que estaba expuesto concitaría más rechazos que adhesiones en una corporación poderosa a la que se le exigía convertirse en una ciencia social perentoriamente.

(…) La influencia de Simiand no se limitó a su escrito polémico de 1903 sino que incluyó otros trabajos teóricos y sobre todo ciertos modelos de investigación empírica (…) que encontrarían largo eco entre los historiadores posteriore. Dicho esto, una división algo esquemática debería distinguir entre una influencia general, difusa, de las ideas de SImiand en cuanto a la característica de construcción inductiva de la ciencia histórica que se basa en la búsqueda de correlaciones recurrentes entre los fenómenos y, que encuentra una de sus vías de desarrollo en la historia comparada prohijada por algunos hombres de Annales.

(…) Ciertamente aquella influencia genérica de las propuestas de Simiand es muy evidente también en Braudel y sobre todo en esa masa ingente de investigaciones regionales que en los 50 y 60 buscaban establecer algunas correlaciones constantes entre fenómenos como la población y la estructura económica.

(…) La propuesta del discípulo de Durkheim tuvo, más allá de las dificultades, una gran estación en la segunda posguerra gracias a la influencia de Labrousse sobre toda una generación de historiadores. Paralelamente a la influencia difusa que observábamos en Braudel y en sus discípulos, otro conjunto de historiadores seguirían las huellas de Labrousse en cuanto a una historia serial que recuperaba todos los motivos polémicos hacia los ídolos de la tribu de los historiadores.

(…) La batalla de la nueva historia tuvo por otro lado dos incómodos compañeros de ruta en esos años de la posguerra, con los cuales compartiría la aversión hacia la forma tradicional de hacer historia: el marxismo, que finalmente adquiría un espacio en los ámbitos universitarios, y más tarde la new economic history anglosajona que iniciaba la conscripción de prosélitos en el viejo continente. Ambas lo hacían desde aquella lógica deductiva o abstracta que Simiand ya había condenado en los años iniciales del siglo. Los productos de estas versiones de la historia que aspiraban a arribar a resultados “científicos” fueron en cierta forma desilusionantes. El paradigma cuantitativo, que era finalmente el de las ciencias positivas, dio resultados mucho más magros de lo esperado.

(…) En un conocido artículo de 1979 publicado en Past and Present. Lawrence Stone daba cuenta de la situación. La historia estaba embarcándose en una nueva vieja historial Retornaban la narración y lo cualitativo, producto en parte del nuevo matrimonio de la historia con la antropología (…) Se estaba produciendo también una notable dilatación del campo historiográfico y una sucesiva fragmentación del mismo en un conjunto de “historias particulares”. ¿Estaban volviendo los viejos ídolos de la tribu de los historiadores? Ciertamente estaba retornando subrepticiamente el viejo paradigma y con él, Seignobos.

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