Regina Reyes Novaes – Todo joven conoce hoy la muerte de algún par


Es brasileña y reconocida especialista en temas de juventud. Coordinó una investigación sobre jóvenes en seis países del Cono Sur. Aquí, explica y analiza los resultados del estudio.

Por Mariana Carbajal

“Las políticas que criminalizan el consumo de las drogas favorecen la proliferación de pandillas juveniles”, afirma la doctora en antropología social brasileña Regina Reyes Novaes. Como reconocida especialista en temas de juventud, integra la Comisión Nacional Drogas y Democracia, en su país, que promueve un cambio de paradigma en el abordaje de la problemática de las drogas y el narcotráfico. Novaes coordinó una encuesta regional para conocer las opiniones, actitudes y experiencias de los jóvenes sudamericanos, que se aplicó en Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay, Bolivia y Brasil. La experta analizó en una entrevista con Página/12 los hallazgos más interesantes del estudio, pionero en su tipo, que abarcó a unas 15.000 personas. Las maras, el embarazo adolescente, la criminalización de los territorios urbanos y cómo afecta el patrón estético dominante a las jóvenes fueron algunos de los temas que analizó en la charla con este diario.

Ex secretaria adjunta de la Secretaría Nacional de Juventud del gobierno de Lula da Silva entre 2005 y 2007, Novaes tiene una larga trayectoria como investigadora sobre temas de juventud y pobreza en las favelas. Fue presidenta del Consejo Nacional de Juventud de Brasil y es profesora del posgrado en sociología y antropología de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). La semana pasada estuvo en Buenos Aires para participar de un seminario en la Fundación SES. En el encuentro se analizaron con otros especialistas los resultados de la investigación “Juventudes sudamericanas; diálogos para la construcción de una democracia regional”, realizada entre 2008 y 2009 por una red de instituciones especializadas en juventud en los seis países. Los resultados del estudio argentino fueron adelantados oportunamente por Página/12.

–¿Qué significa ser joven hoy en la región?

–Más allá de todas las diferencias que encontramos entre los seis países, hay algunas coincidencias para destacar: las consecuencias del modelo económico de desarrollo afectan particularmente a los jóvenes. La juventud es un momento entre la protección de la infancia y la autonomía para la madurez, es un momento en el que hay que pensar en el futuro. La inserción productiva es el principal problema que los afecta: hay jóvenes que no pueden estudiar, pero los que sí pueden, consiguen empleos en calificaciones muy por debajo de sus estudios. Este es un fenómeno nuevo.

–A muchos adultos les pasa lo mismo.

–Pero no tuvieron esa experiencia en cuanto jóvenes. Claro que los cambios afectan a toda la sociedad, pero los adultos no están en un momento de definiciones. Los jóvenes, en cambio, sí, tienen que hacer estrategias para entrar al mercado de trabajo. Todos están preocupados porque el estudio que siguen no les da posibilidad de inserción cierta. Terminan la universidad y no consiguen trabajo acorde con lo que estudiaron. Esto se ve en los seis países. La cuestión de la educación es un grave problema. El segundo problema común tiene que ver con la violencia. Hay una criminalización territorial de áreas urbanas, por la presencia del tráfico de drogas. Antes un obrero podía vivir en un barrio de trabajadores, pero no estaba criminalizado el territorio urbano.

–¿Cómo afecta este nuevo escenario a los jóvenes?

–Algunos jóvenes trafican, hacen de la venta de drogas su forma de supervivencia, otros consumen, otros no trafican ni consumen pero viven allí y sufren la violencia simbólica que significa poder perder un trabajo por tener ese domicilio que los clasifica inmediatamente como delincuente. Y hay otros que no trafican, no consumen, no viven allí pero salen a la noche para divertirse y también son afectados por peleas, o por la policía. La policía –y éste es un aspecto muy importante–, no tiene una manera adecuada de abordaje de la cuestión juvenil. Disputas que podían resolverse con una pelea, tal vez a las piñas, terminan en muerte. La cuestión de la muerte debería estar lejos de la juventud. Sin embargo, todos los jóvenes hoy en día conocen la muerte de pares. Así surge de las encuestas que hemos hecho. Todos conocen la muerte de un primo, de amigos o vecinos de su edad.

–Otra marca generacional es la presencia de las nuevas tecnologías.

–Sí, son jóvenes en un momento en que cambia la relación tiempo y espacio. Es la primera generación juvenil en la que Internet llega a las clases populares, a través de cibercafés, ONG o programas gubernamentales. Hay sitios de hip hop a través de los cuales jóvenes de la periferia de Brasil se ponen en contacto y hablan con pares de la periferia de Francia y otros países.

–¿Cuáles son las demandas de los jóvenes?

–La primera es una educación con calidad, en la que la teoría y la práctica se aproximen, de acuerdo con los moldes del siglo XXI. La demanda por una educación de calidad tiene distintos enfoques. Los jóvenes incluidos, universitarios, demandan al Estado regulaciones en las pasantías laborales, para que no terminen siendo mano de obra barata, o que los destinen a servir café en las empresas. Los que tienen inclusión precaria piden que la escuela secundaria les permita opciones de carreras que tienen que ver con las nuevas demandas del mercado, no las clásicas como peluquería o mecánica, sino como agentes de cultura, de medio ambiente, o acompañamiento de adultos mayores. Y por último, los jóvenes excluidos, que quieren ingresar al sistema, reclaman no tener que abandonar sus estudios para ayudar económicamente a sus familias. Si hay un problema que está presente en los seis países es el abandono y el desinterés en la educación media. Es clave la reformulación de la escuela media en los seis países.

–¿Entran los problemas de los jóvenes en la agenda prioritaria política?

–En los ’90, cuando se hicieron las reformas neoliberales, con la idea de un Estado más pequeño y la flexibilización laboral, los organismos internacionales vieron que había un problema entre los jóvenes. Por iniciativa de las agencias multilaterales de crédito empezaron a pensar en proyectos de inserción laboral de jóvenes. De los seis países en los que realizamos la encuesta, cinco crearon institucionalidades juveniles, ya sea un ministerio, una secretaría o una coordinación de juventud. El único que lo hizo a través del Ministerio de Trabajo fue Brasil. Pero se crearon estos espacios no con una idea de derechos sino de capacitar a los jóvenes para el mercado de trabajo como un medio para prevención de la violencia. Pero a comienzos de los años 2000 se empezó a hablar sobre derechos de la juventud, con la llegada de Néstor Kirchner a la Argentina, de Evo Morales en Bolivia. Es un nuevo paradigma. En Brasil, en 2005, se creó la Secretaría Nacional de Juventud.

–¿Se traduce este cambio de paradigma en políticas dirigidas a las juventud?

–Todavía no. Es un problema grave que las políticas de Estado están segmentadas por ministerios diferenciados, que no tienen, necesariamente, una mirada hacia la juventud. No hay políticas integrales de juventud, transversales. En los ministerios de Desarrollo Social piensan que es más urgente dar prioridad a los niños y a las familias. En Brasil queríamos dar una beca a los jóvenes y el Ministerio de Desarrollo se oponía porque quería darles el dinero a las madres. Nosotros queríamos darles autonomía.

–¿Quién ganó la pulseada?

–Se impuso nuestra visión. Es muy difícil lograr la legitimidad de los espacios de juventud para hablar con los ministerios. En Argentina hay un Instituto Nacional de Juventud que depende del Ministerio de Desarrollo Social. Por otra parte, la opinión pública piensa que como los jóvenes tienen fuerza física se las tienen que arreglar solos. Además, la sociedad los mira con mucho miedo, por la cuestión de la violencia. Incluso, los propios jóvenes, según surge de nuestra encuesta, repiten esa visión estigmatizada, repiten los prejuicios con otros jóvenes. El otro problema que vemos es que los jóvenes que llegan a conducir los espacios de juventud gubernamental, desde movimientos de base juveniles, terminan haciendo lo que el partido político que está en el poder les pide, son cooptados. Y a su vez, tienen poco presupuesto.

–¿Hay experiencias positivas de políticas públicas?

–Sí, en todos los países se procura pensar los programas de inserción laboral, a partir de la capacitación profesional con familias ocupacionales: con una misma base técnica dar opciones para distintas profesiones. Otro aspecto en el que se ha avanzado es en el de los derechos sexuales y reproductivos: en todos los países hay programas. Hasta hace un tiempo atrás este tipo de programas tenían una visión moralista, inquisidora.

–De todas formas, persisten los obstáculos, al menos en la Argentina, para que llegue la educación sexual a las escuelas y no hay fuertes campañas de difusión de los programas de salud sexual y reproductiva.

–Es cierto. Pero hay un nuevo paradigma, de otras maneras de pensar el pasaje de la juventud a la edad adulta. La cuestión de matrimonio era un marco importante antes en ese camino. Ya no lo es. Lo mismo con respecto a la diversidad sexual. En la sociedad persisten prejuicios, pero se observa que están disminuyendo igual que la discriminación.

–¿Cómo condiciona el proyecto de vida de los jóvenes el embarazo adolescente?

–Vemos que jóvenes que son madres o padres adolescentes vuelven a tener una esperanza, a interesarse por la vida, motivados por sus hijos. Ya no se ve como un problema social aislado. Lo que nos muestra que tenemos que darles información a los jóvenes, para prevenir un embarazo, pero también otra perspectiva de vida, mostrar alternativas diferentes de trayectorias de vida, otras experiencias para que puedan optar. Con la información no alcanza.

–¿Qué políticas favorecen la formación de las pandillas juveniles?

–Fundamentalmente, las políticas segregacionistas, que criminalizan el consumo de las drogas, con el actual modelo que impera en la región, que trata de la misma manera a quien puede consumir y tener una experiencia rápida y a quien trafica. El reciente fallo de la Corte Suprema argentina abre un camino a seguir.

Fuente:  Pagina 12 18/10/09

Entrevista con Zygmunt Bauman


Ver archivo de entrevista

ENTREVISTA CON ZYGMUNT BAUMAN 2009

(Gentileza del Dr. Robinson Salazar)

La democracia y el pueblo – Eric Hobsbawn


LA CRISIS INTERNACIONAL Y LAS POLITICAS DE LOS GOBIERNOS

“La utopía de un mercado global de laissez faire y sin Estado no llegará”, señala Hobsbawm.
“La utopía de un mercado global de laissez faire y sin Estado no llegará”, señala Hobsbawm.

En un mundo crecientemente globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales coexisten con poderes que tienen tanto impacto como ellos en la vida diaria de sus ciudadanos, pero que están más allá de su control.

Por Eric Hobsbawm *

Gracias a los medios de comunicación masas, la opinión pública es más poderosa que nunca, lo cual explica el constante incremento de las profesiones que se especializan en influenciarla. Lo que es menos conocido es el vínculo crucial entre los medios políticos y la acción directa: una acción desde la base que repercute directamente en quienes toman las decisiones, eludiendo los mecanismos intermedios de los gobiernos representativos. Ello resulta más evidente en los asuntos transnacionales, en los que no existen esos mecanismos intermedios. Todos estamos familiarizados con lo que se ha denominado “efecto CNN”: la políticamente poderosa, pero completamente desestructurada sensación de que “algo debe hacerse” respecto del Kurdistán, Timor Oriental u otra zona en conflicto. Más recientemente, las manifestaciones en Praga y Seattle han mostrado la efectividad de la acción directa bien dirigida por pequeños grupos conscientes del poder de las cámaras, incluso contra organizaciones que fueron diseñadas para ser inmunes a los procesos políticos democráticos, como el FMI y el Banco Mundial.

Todo esto enfrenta a la democracia de impronta liberal con el que quizá sea su problema más serio e inmediato. En un mundo crecientemente globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales coexisten con poderes que tienen tanto impacto como ellos en la vida diaria de sus ciudadanos, pero que están más allá de su control. Los gobiernos ni siquiera tienen la opción política de abdicar ante tales fuerzas que escapan a su radio de acción. Cuando los precios del petróleo aumentan, existe la convicción en los ciudadanos, incluso en los ejecutivos de las empresas, de que el gobierno puede y debe hacer algo al respecto, aun en países como Italia, en donde poco o nada se espera del Estado, o como Estados Unidos, en donde muchas personas no creen en el Estado.

¿Pero qué podrían hacer los gobiernos? Más que en el pasado, están bajo la presión creciente de una opinión pública continuamente controlada. Ello restringe sus opciones. Pero los gobiernos no pueden dejar de gobernar. Además, se ven alentados por sus expertos en relaciones públicas para que se muestren gobernando constantemente, y esto, como ha mostrado la historia británica del siglo XX, implica multiplicar gestos, anuncios y, a veces, hasta leyes innecesarias. Y las autoridades públicas de hoy se ven constantemente enfrentando decisiones sobre intereses comunes, que son de índole tanto técnica como política. Aquí, los votos democráticos (o las elecciones de los consumidores en el mercado) no son en absoluto una guía. Las consecuencias ambientales del crecimiento ilimitado del tráfico a motor y las mejores formas de lidiar con ellas no pueden ser descubiertas simplemente por un referendo. Además, estas formas pueden resultar impopulares, y en una democracia es poco inteligente decirle al electorado lo que no quiere oír. ¿Cómo pueden organizarse racionalmente las finanzas públicas, si los gobiernos se han autoconvencido de que cualquier propuesta para aumentar los impuestos conduce a un suicidio electoral, cuando en las campañas electorales se compite por bajar impuestos y los presupuestos gubernamentales se ejercitan en el oscurantismo fiscal?

En resumen, la “voluntad del pueblo”, o como quiera llamársela, no puede determinar las tareas específicas de gobierno. Como apropiadamente observaron Sidney y Beatrice Webb respecto de los sindicatos, la “voluntad del pueblo” no puede juzgar proyectos, sólo resultados. Es inconmensurablemente mejor votando en contra que a favor. Cuando consigue uno de sus principales triunfos negativos, como derrocar los regímenes corruptos de 50 años de posguerra en Italia y Japón, es incapaz por sí mismo de ofrecer una alternativa.

Y aun así, el gobierno es para la gente. Sus efectos son juzgados por lo que afecta a la gente. Por más desinformada, ignorante o aun estúpida que sea la “voluntad del pueblo”, y por muy inadecuados que sean los métodos para descubrirla, es indispensable. ¿De qué otra forma podríamos definir la manera en que las soluciones técnico-políticas, por más expertas y técnicamente satisfactorias que sean en otros aspectos, afectan a las vidas de los seres humanos concretos? Los sistemas soviéticos fallaron porque no existió una retroalimentación de información entre aquellos que tomaban las decisiones “en nombre del interés del pueblo” y aquellos a quienes se imponían esas decisiones. La globalización del laissez faire de los últimos 20 años ha incurrido en el mismo error.

La solución ideal ahora está menos que nunca al alcance de los gobiernos. Es la solución a la que recurrían en el pasado los médicos y los pilotos, y a la que sigue tratando de recurrir una parte crecientemente desconfiada del mundo: la convicción popular de que nosotros y ellos compartimos los mismos intereses. Nosotros [el pueblo] no le dijimos [al gobierno] cómo debe servirnos -carentes de pericia, no podríamos-, pero hasta que algo salga verdaderamente mal, le brindamos nuestra confianza. Pocos gobiernos (para distinguirlos de regímenes políticos) disfrutan actualmente de esta fundamental confianza a priori. En las de impronta liberal, los gobiernos raramente representan la mayoría de votos, ni qué decir del electorado. Los partidos de masas y organizaciones, que alguna vez otorgaron a “sus” gobiernos confianza y apoyo constante, se han desmoronado. En los omnipresentes medios de comunicación, los directores, entre bambalinas, y arrogándose una idoneidad competitiva con la del gobierno, no dejan de comentar críticamente los desempeños gubernamentales.

De modo que la solución más conveniente, a veces la única, para los gobiernos democráticos, es mantener el mayor número posible de decisiones fuera del alcance de la opinión pública y de la política, o, al menos, dejar de lado los procesos característicos del gobierno representativo. Muchas decisiones políticas serán negociadas y decididas detrás de escena. Lo que incrementará la desconfianza ciudadana en los gobiernos y la mala opinión pública sobre los políticos.

¿Entonces, cuál es el futuro de la democracia de impronta liberal en esta situación? Con la excepción de la teocracia islámica, en principio ningún movimiento político poderoso desafía esta forma de gobierno. La segunda mitad del siglo XX fue la edad dorada de las dictaduras militares. El siglo XXI no parece demasiado favorable a ellas -ninguno de los estados ex comunistas ha elegido seguir por esa vía-, y casi todos esos regímenes militares carecen del cabal coraje de la convicción antidemocrática: se limitan a proclamarse salvadores de la Constitución hasta el día (sin especificar) del retorno del gobierno civil.

Por ello es que, cualquiera que haya sido su apariencia antes de los terremotos económicos de 1997-1998, ahora resulta evidente que la utopía de un mercado global de laissez faire y sin Estado no llegará. La mayoría de la población mundial, y ciertamente aquella bajo regímenes democrático-liberales que merecen tal denominación, continuarán viviendo en estados operativamente efectivos, aun a despecho de que en algunas -y poco felices- regiones el poder y la administración estatal se hayan desintegrado virtualmente. La política continuará. Las elecciones democráticas perdurarán.

En resumen, deberemos enfrentar los problemas del siglo XXI con un conjunto de mecanismos políticos espectacularmente inapropiados para lidiar con esos problemas. Se trata de mecanismos que están, en efecto, confinados dentro de las fronteras de unos estados nacionales enfrentados a un mundo interconectado, fuera del alcance de sus operaciones. Aún no está clara la longitud de su radio de acción dentro del vasto y heterogéneo territorio que posee una estructura política común como la Unión Europea. Se enfrentan a y compiten en el marco de una economía globalizada que opera a través de unas unidades harto heterogéneas y para las cuales son irrelevantes la legitimidad política y el interés común, a saber: las corporaciones transnacionales. Sobre todo, se enfrentan a una era en la que el impacto de las acciones humanas sobre la naturaleza y el planeta se ha convertido en una fuerza de proporciones geológicas. La solución, o aun la mera mitigación, precisará de medidas para las cuales, casi con certeza, ningún apoyo podrá encontrarse contando votos o midiendo las preferencias de los consumidores. Esto no mejorará las perspectivas a largo plazo de ninguna democracia en el mundo.

Encaramos el tercer milenio como el irlandés apócrifo que, preguntado por la mejor manera de llegar a Ballynahinch, y tras una breve pausa reflexiva, espetó: “Si yo fuera usted, no partiría de aquí”.  Pero aquí estamos, y de aquí partimos.

Publicado en Dayly Times
Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica.

Fuente: Página 12 – 18/1/09

Entrevista a Anthony Giddens


Entrevista a Anthony Giddens/Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales

´Nunca antes un presidente tuvo tanta tarea como Obama´

Antony Giddens
Antony Giddens

MIGUEL MANSO. PALMA. Anthony Giddens, teórico de la tercera vía e ideólogo del Nuevo Laborismo encarnado por Tony Blair y su sucesor Gordon Brown, pronostica un cambio de vida radical en los próximos veinte años. Tampoco da otra opción. O variamos nuestro comportamiento o nos vamos al garete, vino a decir ayer el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (2002) en un encuentro con este diario antes de comparecer en el centro de cultura de Sa Nostra, dentro del ciclo ´Más opinión, más democracia´.

Nacido en 1938, licenciado en Psicología y Sociología por la Universidad de Hull, Giddens ha vendido más de 600.000 ejemplares de su manual Sociología, pero es conocido sobre todo por sus estudios sobre el capitalismo moderno y la elaboración de sus tesis sobre la tercera vía, que dio la vuelta al Partido Laborista británico como si fuera un calcetín.

Da igual la pregunta, el antiguo director de la London School of Economics vuelve una y otra vez su mirada hacia la amenaza que supone el cambio climático. “Hay una brecha entre lo que dicen los científicos y lo que percibe la población. La gente no se lo toma en serio porque el problema aun no ha llegado a la puerta de su casa. Se trata de un riesgo abstracto; por eso es tan difícil articular políticas dirigidas a combatir este peligro”, explica. “Cuando afrontamos una guerra, conocemos la cara del enemigo. En el caso del calentamiento global, todavía no hemos visto el rostro a nuestro rival”, aclara.

Pero el adversario se esconde detrás de la puerta. “Será global y más radical de lo que se esperaba. Algunos científicos británicos auguran cambios abruptos. Ya lo vemos en Londres. Las aseguradoras son más y más reacias a cubrir los costes derivados de las inundaciones”, explica. El discurso de Giddens, para que no se le tilde de catastrofista, propone un “consenso geopolítico”. Ante retos tan imponentes y globales, da por difuminada la diferencia ideológica entre izquierda y derecha. Su propuesta se denomina “centro radical” y, en pocas palabras, consiste en adoptar soluciones novedosas y contundentes mediante el acuerdo de todos. A nivel internacional aboga por un entendimiento entre China y Estados Unidos, sobre todo, en los aspectos relacionados con el reparto de los recursos energéticos. “Compartir en vez de luchar”, abunda. Europa debería jugar un papel de mediador entre las dos superpotencias, pero desconfía del viejo continente y de su capacidad para hacerse escuchar como una sola voz.

En este viraje que requiere el planeta, Giddens deposita toda su confianza en el nuevo mandatario de Estados Unidos, Barack Obama. “Ante sí tiene una tarea hercúlea -explica-. Nunca antes un presidente había afrontado una responsabilidad tan grande. Pero no debemos ser muy pesimistas porque el simple hecho de que haya llegado hasta la Casa Blanca significa que algo se ha removido en la sociedad estadounidense”. Al contrario de lo que se suele pensar en Europa, puntualiza, “la sociedad norteamericana es mucho más innovadora que la nuestra. Y quien piense de otra manera, que eche un vistazo a nuestros líderes políticos y a la inspiración que nos suscitan. Los europeos nos sentimos importantes, a China le damos cada vez una relevancia mayor, en cambio, el liderazgo del mundo seguirá residiendo en EEUU”.

Anthony Giddens pica de flor en flor la actualidad mundial. Un poco de cambio climático, una ración de recesión global, un trocito de crisis del petróleo. Estos tres asuntos o “problemas superpuestos” componen los desafíos ineludibles de la población mundial. Y cada uno de los ciudadanos tiene su parcela de responsabilidad y, por tanto, el deber de modificar sus hábitos.

A su juicio, “los mejores resultados se obtienen con una mezcla de palo y zanahoria”. Y casi siempre interviene la influencia del grupo: una persona está dispuesta a cambiar de conducta si cambian otras por las que siente respeto. Conductas que antes eran aceptables se vuelven deshonrosas, como ha ocurrido con la conducción bajo los efectos del alcohol. Los impuestos pueden tener un papel importante, sobre todo cuando se utilizan como incentivo, aunque no tienen tanto efecto cuando se trata de modificar un comportamiento adictivo.

Anthony Giddens recurre al concepto de ´descuento hiperbólico´ para explicar la actitud de la ciudadanía ante el calentamiento global. La idea sería más o menos la siguiente: si a una persona le dan a escoger entre 50 euros hoy o 100 euros mañana, lo normal es que prefiera esperar a los 100. Pero si el plazo de tiempo es de un año, casi todo el mundo prefiere quedarse con los 50 euros en mano. Las consecuencias futuras -buenas o malas- no suelen contar mucho en nuestras decisiones actuales. “Cada año -dice-, en el Reino Unido se someten a cirugía de bypass miles de personas, pero sólo el 10% de ellas introduce después en su vida los cambios necesarios para evitar nuevas complicaciones, entre las que puede estar una muerte prematura”.

El ´descuento hiperbólico´ es uno de los principales factores que explican la actitud tan perezosa de la mayoría de la gente ante las amenazas del calentamiento global. “Según los sondeos -subraya-, la mayoría acepta que el cambio climático es una realidad y que la causa está en nuestro propio comportamiento. Sin embargo, la proporción de gente que está dispuesta a modificar ese comportamiento de forma significativa es muy baja”.

Como ya ha explicado Giddens en otras ocasiones, las campañas de concienciación y los eco-impuestos, por muy meditados y organizados que estén, tienen una repercusión marginal. En este sentido, se suma a algunos pensadores que consideran que tal vez sea necesaria una catástrofe -algo que ocurra en el presente- claramente atribuible al calentamiento global para que la gente empiece a prestar la debida atención.

Fuente: Diario de Mallorca.es

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 184 seguidores