Regina Reyes Novaes – Todo joven conoce hoy la muerte de algún par


Es brasileña y reconocida especialista en temas de juventud. Coordinó una investigación sobre jóvenes en seis países del Cono Sur. Aquí, explica y analiza los resultados del estudio.

Por Mariana Carbajal

“Las políticas que criminalizan el consumo de las drogas favorecen la proliferación de pandillas juveniles”, afirma la doctora en antropología social brasileña Regina Reyes Novaes. Como reconocida especialista en temas de juventud, integra la Comisión Nacional Drogas y Democracia, en su país, que promueve un cambio de paradigma en el abordaje de la problemática de las drogas y el narcotráfico. Novaes coordinó una encuesta regional para conocer las opiniones, actitudes y experiencias de los jóvenes sudamericanos, que se aplicó en Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay, Bolivia y Brasil. La experta analizó en una entrevista con Página/12 los hallazgos más interesantes del estudio, pionero en su tipo, que abarcó a unas 15.000 personas. Las maras, el embarazo adolescente, la criminalización de los territorios urbanos y cómo afecta el patrón estético dominante a las jóvenes fueron algunos de los temas que analizó en la charla con este diario.

Ex secretaria adjunta de la Secretaría Nacional de Juventud del gobierno de Lula da Silva entre 2005 y 2007, Novaes tiene una larga trayectoria como investigadora sobre temas de juventud y pobreza en las favelas. Fue presidenta del Consejo Nacional de Juventud de Brasil y es profesora del posgrado en sociología y antropología de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). La semana pasada estuvo en Buenos Aires para participar de un seminario en la Fundación SES. En el encuentro se analizaron con otros especialistas los resultados de la investigación “Juventudes sudamericanas; diálogos para la construcción de una democracia regional”, realizada entre 2008 y 2009 por una red de instituciones especializadas en juventud en los seis países. Los resultados del estudio argentino fueron adelantados oportunamente por Página/12.

–¿Qué significa ser joven hoy en la región?

–Más allá de todas las diferencias que encontramos entre los seis países, hay algunas coincidencias para destacar: las consecuencias del modelo económico de desarrollo afectan particularmente a los jóvenes. La juventud es un momento entre la protección de la infancia y la autonomía para la madurez, es un momento en el que hay que pensar en el futuro. La inserción productiva es el principal problema que los afecta: hay jóvenes que no pueden estudiar, pero los que sí pueden, consiguen empleos en calificaciones muy por debajo de sus estudios. Este es un fenómeno nuevo.

–A muchos adultos les pasa lo mismo.

–Pero no tuvieron esa experiencia en cuanto jóvenes. Claro que los cambios afectan a toda la sociedad, pero los adultos no están en un momento de definiciones. Los jóvenes, en cambio, sí, tienen que hacer estrategias para entrar al mercado de trabajo. Todos están preocupados porque el estudio que siguen no les da posibilidad de inserción cierta. Terminan la universidad y no consiguen trabajo acorde con lo que estudiaron. Esto se ve en los seis países. La cuestión de la educación es un grave problema. El segundo problema común tiene que ver con la violencia. Hay una criminalización territorial de áreas urbanas, por la presencia del tráfico de drogas. Antes un obrero podía vivir en un barrio de trabajadores, pero no estaba criminalizado el territorio urbano.

–¿Cómo afecta este nuevo escenario a los jóvenes?

–Algunos jóvenes trafican, hacen de la venta de drogas su forma de supervivencia, otros consumen, otros no trafican ni consumen pero viven allí y sufren la violencia simbólica que significa poder perder un trabajo por tener ese domicilio que los clasifica inmediatamente como delincuente. Y hay otros que no trafican, no consumen, no viven allí pero salen a la noche para divertirse y también son afectados por peleas, o por la policía. La policía –y éste es un aspecto muy importante–, no tiene una manera adecuada de abordaje de la cuestión juvenil. Disputas que podían resolverse con una pelea, tal vez a las piñas, terminan en muerte. La cuestión de la muerte debería estar lejos de la juventud. Sin embargo, todos los jóvenes hoy en día conocen la muerte de pares. Así surge de las encuestas que hemos hecho. Todos conocen la muerte de un primo, de amigos o vecinos de su edad.

–Otra marca generacional es la presencia de las nuevas tecnologías.

–Sí, son jóvenes en un momento en que cambia la relación tiempo y espacio. Es la primera generación juvenil en la que Internet llega a las clases populares, a través de cibercafés, ONG o programas gubernamentales. Hay sitios de hip hop a través de los cuales jóvenes de la periferia de Brasil se ponen en contacto y hablan con pares de la periferia de Francia y otros países.

–¿Cuáles son las demandas de los jóvenes?

–La primera es una educación con calidad, en la que la teoría y la práctica se aproximen, de acuerdo con los moldes del siglo XXI. La demanda por una educación de calidad tiene distintos enfoques. Los jóvenes incluidos, universitarios, demandan al Estado regulaciones en las pasantías laborales, para que no terminen siendo mano de obra barata, o que los destinen a servir café en las empresas. Los que tienen inclusión precaria piden que la escuela secundaria les permita opciones de carreras que tienen que ver con las nuevas demandas del mercado, no las clásicas como peluquería o mecánica, sino como agentes de cultura, de medio ambiente, o acompañamiento de adultos mayores. Y por último, los jóvenes excluidos, que quieren ingresar al sistema, reclaman no tener que abandonar sus estudios para ayudar económicamente a sus familias. Si hay un problema que está presente en los seis países es el abandono y el desinterés en la educación media. Es clave la reformulación de la escuela media en los seis países.

–¿Entran los problemas de los jóvenes en la agenda prioritaria política?

–En los ’90, cuando se hicieron las reformas neoliberales, con la idea de un Estado más pequeño y la flexibilización laboral, los organismos internacionales vieron que había un problema entre los jóvenes. Por iniciativa de las agencias multilaterales de crédito empezaron a pensar en proyectos de inserción laboral de jóvenes. De los seis países en los que realizamos la encuesta, cinco crearon institucionalidades juveniles, ya sea un ministerio, una secretaría o una coordinación de juventud. El único que lo hizo a través del Ministerio de Trabajo fue Brasil. Pero se crearon estos espacios no con una idea de derechos sino de capacitar a los jóvenes para el mercado de trabajo como un medio para prevención de la violencia. Pero a comienzos de los años 2000 se empezó a hablar sobre derechos de la juventud, con la llegada de Néstor Kirchner a la Argentina, de Evo Morales en Bolivia. Es un nuevo paradigma. En Brasil, en 2005, se creó la Secretaría Nacional de Juventud.

–¿Se traduce este cambio de paradigma en políticas dirigidas a las juventud?

–Todavía no. Es un problema grave que las políticas de Estado están segmentadas por ministerios diferenciados, que no tienen, necesariamente, una mirada hacia la juventud. No hay políticas integrales de juventud, transversales. En los ministerios de Desarrollo Social piensan que es más urgente dar prioridad a los niños y a las familias. En Brasil queríamos dar una beca a los jóvenes y el Ministerio de Desarrollo se oponía porque quería darles el dinero a las madres. Nosotros queríamos darles autonomía.

–¿Quién ganó la pulseada?

–Se impuso nuestra visión. Es muy difícil lograr la legitimidad de los espacios de juventud para hablar con los ministerios. En Argentina hay un Instituto Nacional de Juventud que depende del Ministerio de Desarrollo Social. Por otra parte, la opinión pública piensa que como los jóvenes tienen fuerza física se las tienen que arreglar solos. Además, la sociedad los mira con mucho miedo, por la cuestión de la violencia. Incluso, los propios jóvenes, según surge de nuestra encuesta, repiten esa visión estigmatizada, repiten los prejuicios con otros jóvenes. El otro problema que vemos es que los jóvenes que llegan a conducir los espacios de juventud gubernamental, desde movimientos de base juveniles, terminan haciendo lo que el partido político que está en el poder les pide, son cooptados. Y a su vez, tienen poco presupuesto.

–¿Hay experiencias positivas de políticas públicas?

–Sí, en todos los países se procura pensar los programas de inserción laboral, a partir de la capacitación profesional con familias ocupacionales: con una misma base técnica dar opciones para distintas profesiones. Otro aspecto en el que se ha avanzado es en el de los derechos sexuales y reproductivos: en todos los países hay programas. Hasta hace un tiempo atrás este tipo de programas tenían una visión moralista, inquisidora.

–De todas formas, persisten los obstáculos, al menos en la Argentina, para que llegue la educación sexual a las escuelas y no hay fuertes campañas de difusión de los programas de salud sexual y reproductiva.

–Es cierto. Pero hay un nuevo paradigma, de otras maneras de pensar el pasaje de la juventud a la edad adulta. La cuestión de matrimonio era un marco importante antes en ese camino. Ya no lo es. Lo mismo con respecto a la diversidad sexual. En la sociedad persisten prejuicios, pero se observa que están disminuyendo igual que la discriminación.

–¿Cómo condiciona el proyecto de vida de los jóvenes el embarazo adolescente?

–Vemos que jóvenes que son madres o padres adolescentes vuelven a tener una esperanza, a interesarse por la vida, motivados por sus hijos. Ya no se ve como un problema social aislado. Lo que nos muestra que tenemos que darles información a los jóvenes, para prevenir un embarazo, pero también otra perspectiva de vida, mostrar alternativas diferentes de trayectorias de vida, otras experiencias para que puedan optar. Con la información no alcanza.

–¿Qué políticas favorecen la formación de las pandillas juveniles?

–Fundamentalmente, las políticas segregacionistas, que criminalizan el consumo de las drogas, con el actual modelo que impera en la región, que trata de la misma manera a quien puede consumir y tener una experiencia rápida y a quien trafica. El reciente fallo de la Corte Suprema argentina abre un camino a seguir.

Fuente:  Pagina 12 18/10/09

La democracia y el pueblo – Eric Hobsbawn


LA CRISIS INTERNACIONAL Y LAS POLITICAS DE LOS GOBIERNOS

“La utopía de un mercado global de laissez faire y sin Estado no llegará”, señala Hobsbawm.
“La utopía de un mercado global de laissez faire y sin Estado no llegará”, señala Hobsbawm.

En un mundo crecientemente globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales coexisten con poderes que tienen tanto impacto como ellos en la vida diaria de sus ciudadanos, pero que están más allá de su control.

Por Eric Hobsbawm *

Gracias a los medios de comunicación masas, la opinión pública es más poderosa que nunca, lo cual explica el constante incremento de las profesiones que se especializan en influenciarla. Lo que es menos conocido es el vínculo crucial entre los medios políticos y la acción directa: una acción desde la base que repercute directamente en quienes toman las decisiones, eludiendo los mecanismos intermedios de los gobiernos representativos. Ello resulta más evidente en los asuntos transnacionales, en los que no existen esos mecanismos intermedios. Todos estamos familiarizados con lo que se ha denominado “efecto CNN”: la políticamente poderosa, pero completamente desestructurada sensación de que “algo debe hacerse” respecto del Kurdistán, Timor Oriental u otra zona en conflicto. Más recientemente, las manifestaciones en Praga y Seattle han mostrado la efectividad de la acción directa bien dirigida por pequeños grupos conscientes del poder de las cámaras, incluso contra organizaciones que fueron diseñadas para ser inmunes a los procesos políticos democráticos, como el FMI y el Banco Mundial.

Todo esto enfrenta a la democracia de impronta liberal con el que quizá sea su problema más serio e inmediato. En un mundo crecientemente globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales coexisten con poderes que tienen tanto impacto como ellos en la vida diaria de sus ciudadanos, pero que están más allá de su control. Los gobiernos ni siquiera tienen la opción política de abdicar ante tales fuerzas que escapan a su radio de acción. Cuando los precios del petróleo aumentan, existe la convicción en los ciudadanos, incluso en los ejecutivos de las empresas, de que el gobierno puede y debe hacer algo al respecto, aun en países como Italia, en donde poco o nada se espera del Estado, o como Estados Unidos, en donde muchas personas no creen en el Estado.

¿Pero qué podrían hacer los gobiernos? Más que en el pasado, están bajo la presión creciente de una opinión pública continuamente controlada. Ello restringe sus opciones. Pero los gobiernos no pueden dejar de gobernar. Además, se ven alentados por sus expertos en relaciones públicas para que se muestren gobernando constantemente, y esto, como ha mostrado la historia británica del siglo XX, implica multiplicar gestos, anuncios y, a veces, hasta leyes innecesarias. Y las autoridades públicas de hoy se ven constantemente enfrentando decisiones sobre intereses comunes, que son de índole tanto técnica como política. Aquí, los votos democráticos (o las elecciones de los consumidores en el mercado) no son en absoluto una guía. Las consecuencias ambientales del crecimiento ilimitado del tráfico a motor y las mejores formas de lidiar con ellas no pueden ser descubiertas simplemente por un referendo. Además, estas formas pueden resultar impopulares, y en una democracia es poco inteligente decirle al electorado lo que no quiere oír. ¿Cómo pueden organizarse racionalmente las finanzas públicas, si los gobiernos se han autoconvencido de que cualquier propuesta para aumentar los impuestos conduce a un suicidio electoral, cuando en las campañas electorales se compite por bajar impuestos y los presupuestos gubernamentales se ejercitan en el oscurantismo fiscal?

En resumen, la “voluntad del pueblo”, o como quiera llamársela, no puede determinar las tareas específicas de gobierno. Como apropiadamente observaron Sidney y Beatrice Webb respecto de los sindicatos, la “voluntad del pueblo” no puede juzgar proyectos, sólo resultados. Es inconmensurablemente mejor votando en contra que a favor. Cuando consigue uno de sus principales triunfos negativos, como derrocar los regímenes corruptos de 50 años de posguerra en Italia y Japón, es incapaz por sí mismo de ofrecer una alternativa.

Y aun así, el gobierno es para la gente. Sus efectos son juzgados por lo que afecta a la gente. Por más desinformada, ignorante o aun estúpida que sea la “voluntad del pueblo”, y por muy inadecuados que sean los métodos para descubrirla, es indispensable. ¿De qué otra forma podríamos definir la manera en que las soluciones técnico-políticas, por más expertas y técnicamente satisfactorias que sean en otros aspectos, afectan a las vidas de los seres humanos concretos? Los sistemas soviéticos fallaron porque no existió una retroalimentación de información entre aquellos que tomaban las decisiones “en nombre del interés del pueblo” y aquellos a quienes se imponían esas decisiones. La globalización del laissez faire de los últimos 20 años ha incurrido en el mismo error.

La solución ideal ahora está menos que nunca al alcance de los gobiernos. Es la solución a la que recurrían en el pasado los médicos y los pilotos, y a la que sigue tratando de recurrir una parte crecientemente desconfiada del mundo: la convicción popular de que nosotros y ellos compartimos los mismos intereses. Nosotros [el pueblo] no le dijimos [al gobierno] cómo debe servirnos -carentes de pericia, no podríamos-, pero hasta que algo salga verdaderamente mal, le brindamos nuestra confianza. Pocos gobiernos (para distinguirlos de regímenes políticos) disfrutan actualmente de esta fundamental confianza a priori. En las de impronta liberal, los gobiernos raramente representan la mayoría de votos, ni qué decir del electorado. Los partidos de masas y organizaciones, que alguna vez otorgaron a “sus” gobiernos confianza y apoyo constante, se han desmoronado. En los omnipresentes medios de comunicación, los directores, entre bambalinas, y arrogándose una idoneidad competitiva con la del gobierno, no dejan de comentar críticamente los desempeños gubernamentales.

De modo que la solución más conveniente, a veces la única, para los gobiernos democráticos, es mantener el mayor número posible de decisiones fuera del alcance de la opinión pública y de la política, o, al menos, dejar de lado los procesos característicos del gobierno representativo. Muchas decisiones políticas serán negociadas y decididas detrás de escena. Lo que incrementará la desconfianza ciudadana en los gobiernos y la mala opinión pública sobre los políticos.

¿Entonces, cuál es el futuro de la democracia de impronta liberal en esta situación? Con la excepción de la teocracia islámica, en principio ningún movimiento político poderoso desafía esta forma de gobierno. La segunda mitad del siglo XX fue la edad dorada de las dictaduras militares. El siglo XXI no parece demasiado favorable a ellas -ninguno de los estados ex comunistas ha elegido seguir por esa vía-, y casi todos esos regímenes militares carecen del cabal coraje de la convicción antidemocrática: se limitan a proclamarse salvadores de la Constitución hasta el día (sin especificar) del retorno del gobierno civil.

Por ello es que, cualquiera que haya sido su apariencia antes de los terremotos económicos de 1997-1998, ahora resulta evidente que la utopía de un mercado global de laissez faire y sin Estado no llegará. La mayoría de la población mundial, y ciertamente aquella bajo regímenes democrático-liberales que merecen tal denominación, continuarán viviendo en estados operativamente efectivos, aun a despecho de que en algunas -y poco felices- regiones el poder y la administración estatal se hayan desintegrado virtualmente. La política continuará. Las elecciones democráticas perdurarán.

En resumen, deberemos enfrentar los problemas del siglo XXI con un conjunto de mecanismos políticos espectacularmente inapropiados para lidiar con esos problemas. Se trata de mecanismos que están, en efecto, confinados dentro de las fronteras de unos estados nacionales enfrentados a un mundo interconectado, fuera del alcance de sus operaciones. Aún no está clara la longitud de su radio de acción dentro del vasto y heterogéneo territorio que posee una estructura política común como la Unión Europea. Se enfrentan a y compiten en el marco de una economía globalizada que opera a través de unas unidades harto heterogéneas y para las cuales son irrelevantes la legitimidad política y el interés común, a saber: las corporaciones transnacionales. Sobre todo, se enfrentan a una era en la que el impacto de las acciones humanas sobre la naturaleza y el planeta se ha convertido en una fuerza de proporciones geológicas. La solución, o aun la mera mitigación, precisará de medidas para las cuales, casi con certeza, ningún apoyo podrá encontrarse contando votos o midiendo las preferencias de los consumidores. Esto no mejorará las perspectivas a largo plazo de ninguna democracia en el mundo.

Encaramos el tercer milenio como el irlandés apócrifo que, preguntado por la mejor manera de llegar a Ballynahinch, y tras una breve pausa reflexiva, espetó: “Si yo fuera usted, no partiría de aquí”.  Pero aquí estamos, y de aquí partimos.

Publicado en Dayly Times
Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica.

Fuente: Página 12 – 18/1/09

La Polémica entre la Sociología y la Historia


Repensando una antigua polémica entre historiadores y sociólogos. El debate Simiand – Seignobos y algunos dilemas de la historiografía contemporánea. (selección de texto)

Por Fernando Devoto

En 1903 la Révue de Synthese Historique que dirigía Henri Berr publicaba dos largos textos de François Simiand bajo el título general unitario de “Methode Historique et sciense sociales” (…) el eje de un debate con otros historiadores como Ch. Seignobos (…) Era en realidad una virulenta crítica exclusivamente contra el libro que este último había publicado en 1901 con el título de La méthode historique appliquée aux science sociales (…) Las polémicas entre historiadores o entre historiadores y otros científicos sociales acerca de la naturaleza, el objeto y el método de la disciplina eran moneda corriente entre esos años en Francia y fuera de ella

Fueron las generaciones de historiadores posteriores las que vieron en ese debate el punto de arranque entre dos concepciones de hacer la historia, proyectando allí los orígenes teóricos de la nouvelle histoire. Y no es tal vez innecesario recordar que ese camino que convirtió al texto de Simiand en el manifiesto de la nueva generación pasaba a través de las continuas referencias elogiosas de Marc Bloch y Lucien Febvre (…) [Simiand] en 1903 era tan sólo un joven discípulo de Durkheim que no había cumplido los treinta años ni terminado su doctorado

(…) Pero la importancia de aquel debate no tiene que ver sólo creo con el texto de Simiand y con los orígenes de la nouvelle historique sino también con la figura de su adversario. Seignobos, el ya por entonces prestigioso profesor de Metodología Histórica de la Sorbona, continuó proyectando su sobre a lo largo del siglo y no sólo como prototipo caricatural de aquella historia “historizante” (…) Los ejes del debate (…) son tres: en torno al modelo de ciencia, en torno al método, en torno a la relación entre las distintas ciencias sociales (…) En tanto nueva disciplina universitaria, la historia aparecía así necesitada de una legitimación que la distinguiese por un lado de las clásicas ciencias físico-naturales como así también de las antiguas humanidades clásicas (…) La búsqueda de definir esta cientificidad (…) será el objeto que se propondrá Seignobos.(…) definir la cientificidad de la historia partiendo no de problemas metafísicos “desprovistos de todo interés” sino desde punto de vistas prácticos (…) La cientificidad de la historia servía así para legitimar la aspiración al monopolio del saber por un grupo profesional (los historiadores universitarios) excluyendo de la disciplina a los historiadores ajenos  a la corporación y a la generación anterior (o si se prefiere dividiendo en dos a la misma: una erudita o académica o científica, la otra asistemática, artística o amateur)

Definir el carácter de la ciencia histórica a partir de la práctica del historiador llevó a Seignobos a proponer una definición de la historia como una ciencia de conocimiento indirecto: sostenía que, a diferencia de las ciencias de observación directa, el historiador no puede conocer los hechos sino tan sólo las huellas de los mismos: los documentos. La historia deviene así no una ciencia del pasado sino un método científico de estudio de los documentos de ese pasado (…) El historiador (…) sólo puede entonces tratar de establecer los hechos a través de la crítica de los documentos (crítica que permite ascender del documento al hecho). Luego de establecidos los hechos individuales el historiador debe operar con ellos agrupándolos en grandes conjuntos de hechos simultáneos por un lado, sucesivos por el otro.

(…) Es evidente que más allá de cuáles sean los méritos epistemológicos de la propuesta, ella fuerza desde sus presupuestos al historiador a ejercer su disciplina como una ciencia eminentemente descriptiva (…) El historiador queda así inhibido de ir más allá de la simple comprobación de los hechos y de algunas operaciones sencillas de agrupamiento que especialmente en su dimensión temporal le permiten observar la evolución social pero no comprenderla.

(…) El historiador recorta así drásticamente su horizonte de posibilidades y al hacerlo en realidad pone en cuestión no tanto la utilidad de la historia (…) ni su función social (…) sino su aspiración científica y por ende su legitimidad como disciplina universitaria.

La propuesta de Seignobos por otro lado no se reducía al mundo de los historiadores sino que se proyectaba hacia las otras nuevas ciencias sociales (…) Al definirlas, el autor de La methóde excluía la sociología.

(…) Seignobos proponía un diálogo entre las distintas ciencias históricas y sociales que colocaba a la historia tradicional en el centro del cuadro descriptivo y que proyectaba sus métodos de crítica de documentos a las otras disciplinas.

Si fuera necesario buscar un motivo para la polémica que no fuera estrictamente historiográfico se lo podría fácilmente encontrar en este último parágrafo. El debate confrontaba a un prestigioso representante de una disciplina dominante (…) con un joven estudioso de una disciplina nueva (la sociología) y por lo demás representante de un grupo, el de Durkheim y sus discípulos, que se encontraba en los bordes del sistema universitario francés

(…) El libro de Seignobos era una verdadera provocación para los sociólogos, los excluía de las ciencias sociales a la vez que prohijaba una integración de las restantes bajo la hegemonía de la historia. Exactamente lo opuesto a lo preconizado por los sociólogos durkheimianos los que sí compartían la idea de la unidad de la historia y las ciencias sociales y pensaban que esta debía realizarse bajo la hegemonía teórica de la sociología. El expediente polémico en exceso (…) era por lo demás común entre los durkheimianos.

(…) La posición defendida por Simiand tenía a su favor no sólo la voluntaria modestia de la propuesta de Seignobos sino también la de ser formulada desde la filosofía y no desde la historia artesanal (Simiand por lo demás, al igual que la mayoría de los primeros durkheimianos, poseía una licencia en la disciplina). El eje central de la propuesta del joven sociólogo era discutir la noción de ciencia defendida por Seignobos.

(…) Simiand no negaba que las concisiones para la constitución de una ciencia positiva fueran más difíciles en el campo social que en el de las ciencias naturales pero defendía la idea que entre aquellas y estas no existía una diferencia de naturaleza o una oposición. La idea de una radical oposición derivada del modo de conocimiento del objeto era un error ya que para Simiand ese conocimiento no era indirecto (como sostenía Seignobos) sino tan sólo mediato. Pero la asunción de estas semejanzas  entre ciencias físico-naturales y ciencias sociales obligaba a éstas a seleccionar el tipo de fenómenos a estudiar, descartando aquellos irrepetibles y por consecuencia contingentes (y no objeto de estudio científico) para concentrarse en aquellos otros hechos recurrentes, por ende constantes (y en tanto tales, pasibles de ser utilizados para la construcción de leyes)

(…) Así, concluye Simand, si el estudio de los hechos humanos quiere convertirse en ciencia positiva está obligado a desembarazarse de los hechos únicos para concentrarse en aquellos que se repiten, a descartar lo individual para concentrarse sobre lo regular, a eliminar lo individual para estudiar lo social.

(…) Un programa ambicioso y que sin duda por lo radical de sus proposiciones (que no dejaban espacio para ningún compromiso con la propuesta de la historia tradicional) y por el tono incendiario en el que estaba expuesto concitaría más rechazos que adhesiones en una corporación poderosa a la que se le exigía convertirse en una ciencia social perentoriamente.

(…) La influencia de Simiand no se limitó a su escrito polémico de 1903 sino que incluyó otros trabajos teóricos y sobre todo ciertos modelos de investigación empírica (…) que encontrarían largo eco entre los historiadores posteriore. Dicho esto, una división algo esquemática debería distinguir entre una influencia general, difusa, de las ideas de SImiand en cuanto a la característica de construcción inductiva de la ciencia histórica que se basa en la búsqueda de correlaciones recurrentes entre los fenómenos y, que encuentra una de sus vías de desarrollo en la historia comparada prohijada por algunos hombres de Annales.

(…) Ciertamente aquella influencia genérica de las propuestas de Simiand es muy evidente también en Braudel y sobre todo en esa masa ingente de investigaciones regionales que en los 50 y 60 buscaban establecer algunas correlaciones constantes entre fenómenos como la población y la estructura económica.

(…) La propuesta del discípulo de Durkheim tuvo, más allá de las dificultades, una gran estación en la segunda posguerra gracias a la influencia de Labrousse sobre toda una generación de historiadores. Paralelamente a la influencia difusa que observábamos en Braudel y en sus discípulos, otro conjunto de historiadores seguirían las huellas de Labrousse en cuanto a una historia serial que recuperaba todos los motivos polémicos hacia los ídolos de la tribu de los historiadores.

(…) La batalla de la nueva historia tuvo por otro lado dos incómodos compañeros de ruta en esos años de la posguerra, con los cuales compartiría la aversión hacia la forma tradicional de hacer historia: el marxismo, que finalmente adquiría un espacio en los ámbitos universitarios, y más tarde la new economic history anglosajona que iniciaba la conscripción de prosélitos en el viejo continente. Ambas lo hacían desde aquella lógica deductiva o abstracta que Simiand ya había condenado en los años iniciales del siglo. Los productos de estas versiones de la historia que aspiraban a arribar a resultados “científicos” fueron en cierta forma desilusionantes. El paradigma cuantitativo, que era finalmente el de las ciencias positivas, dio resultados mucho más magros de lo esperado.

(…) En un conocido artículo de 1979 publicado en Past and Present. Lawrence Stone daba cuenta de la situación. La historia estaba embarcándose en una nueva vieja historial Retornaban la narración y lo cualitativo, producto en parte del nuevo matrimonio de la historia con la antropología (…) Se estaba produciendo también una notable dilatación del campo historiográfico y una sucesiva fragmentación del mismo en un conjunto de “historias particulares”. ¿Estaban volviendo los viejos ídolos de la tribu de los historiadores? Ciertamente estaba retornando subrepticiamente el viejo paradigma y con él, Seignobos.

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