El hombre que aportó otra visión


 FALLECIO EL CRIMINOLOGO ELIAS NEUMAN, UN ACADEMICO RIGUROSO Y CRITICO DEL REGIMEN PENAL

Dedicó su vida al estudio del sistema penal y la situación en las cárceles. Con seriedad y pasión por igual, luchó por cambiarlos. Sus investigaciones y sus clases merecieron amplios elogios. Logró imponer otra perspectiva del mundo penal.

Elias Neuma

Por Pedro Lipcovich

Murió el criminólogo Elías Neuman. Sus investigaciones sobre el sistema penal, a las que dedicó su vida, fueron también una lucha por cambiarlo y por señalar las razones sociales y políticas del delito. Criticó “la idea de que las penas severísimas sirven a la prevención” y denunció la formación universitaria que desconoce a los marginados: “Los profesionales ni siquiera saben cómo hablar con ellos”. Impulsó el estudio de la victimología, “la gran olvidada del derecho penal” y defendió los derechos de los presos. Muchas veces respondió a consultas de Página/12 sobre estos temas. Tenía 78 años y falleció ayer a la mañana. Sus restos serán velados, a partir de las 21, en Loyola 1139, y mañana a las 9 serán trasladados al cementerio de La Tablada.

“El todavía tenía muchas ganas de hacer cosas –recordó ayer Cristina, su mujer–. Desde el año pasado, luego de una operación, su salud estaba muy resentida pero seguía con proyectos. Quería actualizar su libro La legalización de las drogas a partir de la situación en México, donde la gravedad de los conflictos alentó la idea de legalizar. También trabajaba en una serie de cuentos, ‘Mis queridos delincuentes’, con semblanzas de personajes que conoció.”

Hernán Caremi, su ayudante en la cátedra de Victimología, que dictaba en la Facultad de Derecho de la UBA, destacó que “él siempre se interesó por la víctima, a quien llamaba la gran olvidada del proceso penal; en algún sentido, decía, todos somos culpables de que haya víctimas. A su seminario de posgrado iban jueces, fiscales, muchos que habían sido alumnos suyos hacía tantísimo tiempo”.

Ricardo Huñis –profesor de derecho penal en la UBA y la Universidad de las Madres– recordó que “Neuman se preocupó mucho por la situación de los presos: gracias a una lucha en la que tuvo un papel importante, la ejecución de la pena está regulada por la Justicia”.

Neuman escribió más de veinte libros, entre ellos: Victimología, Las penas de un penalista, La sociedad carcelaria (en colaboración con Martín Irurzun), Sida en prisiones. La actualidad de un genocidio y Prisión abierta. Criticó “la creencia de que las penas severísimas son una forma de prevención”, ya que “el gatillo fácil, pena de muerte extrajudicial, no sirvió para disuadir”. También cuestionó la formación universitaria: “Los graduados ni siquiera saben cómo hablar con los cientos de miles de personas excluidas. En el fondo es un problema de clase. Y en las facultades de derecho se trasmite el saber como quien trasmite el poder”.

Neuman amaba su cátedra de Victimología, la primera de América latina: “Es una materia revolucionaria, criminología al revés, que analiza desde el lado de la víctima. Procuro que sea una disciplina autónoma y dedicada a todas las víctimas; mi esperanza es que la experiencia me sobreviva”.

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Fuente: Página 12 – 9/IV/2011

El cuerpo utópico – Conferencia de Michel Foucault


En esta conferencia de Foucault –que acaba de publicarse en castellano–, el cuerpo es primero “lo contrario de una utopía”, lugar “absoluto”, “despiadado”, al que se confronta la utopía del alma. Pero finalmente el cuerpo, “visible e invisible”, “penetrable y opaco”, resulta ser “el actor principal de toda utopía” y sólo calla ante el espejo, ante el cadáver o ante el amor.

 Por Michel Foucault *

Apenas abro los ojos, ya no puedo escapar a ese lugar que Proust, dulcemente, ansiosamente, viene a ocupar una vez más en cada despertar1. No es que me clave en el lugar –porque después de todo puedo no sólo moverme y removerme, sino que puedo moverlo a él, removerlo, cambiarlo de lugar–, sino que hay un problema: no puedo desplazarme sin él; no puedo dejarlo allí donde está para irme yo a otra parte. Puedo ir hasta el fin del mundo, puedo esconderme, de mañana, bajo mis mantas, hacerme tan pequeño como pueda, puedo dejarme fundir al sol sobre la playa, pero siempre estará allí donde yo estoy. El está aquí, irreparablemente, nunca en otra parte. Mi cuerpo es lo contrario de una utopía, es lo que nunca está bajo otro cielo, es el lugar absoluto, el pequeño fragmento de espacio con el cual, en sentido estricto, yo me corporizo.

Mi cuerpo, topía despiadada. ¿Y si, por fortuna, yo viviera con él en una suerte de familiaridad gastada, como con una sombra, como con esas cosas de todos los días que finalmente he dejado de ver y que la vida pasó a segundo plano, como esas chimeneas, esos techos que se amontonan cada tarde ante mi ventana? Pero todas las mañanas, la misma herida; bajo mis ojos se dibuja la inevitable imagen que impone el espejo: cara delgada, hombros arqueados, mirada miope, ausencia de pelo, nada lindo, en verdad. Y es en esta fea cáscara de mi cabeza, en esta jaula que no me gusta, en la que tendré que mostrarme y pasearme; a través de esta celosía tendré que hablar, mirar, ser mirado; bajo esta piel tendré que reventar. Mi cuerpo es el lugar irremediable al que estoy condenado. Después de todo, creo que es contra él y como para borrarlo por lo que se hicieron nacer todas esas utopías. El prestigio de la utopía, la belleza, la maravilla de la utopía, ¿a qué se deben? La utopía es un lugar fuera de todos los lugares, pero es un lugar donde tendré un cuerpo sin cuerpo, un cuerpo que será bello, límpido, transparente, luminoso, veloz, colosal en su potencia, infinito en su duración, desligado, invisible, protegido, siempre transfigurado; y es bien posible que la utopía primera, aquella que es la más inextirpable en el corazón de los hombres, sea precisamente la utopía de un cuerpo incorpóreo. El país de las hadas, el país de los duendes, de los genios, de los magos, y bien, es el país donde los cuerpos se transportan tan rápido como la luz, es el país donde las heridas se curan con un bálsamo maravilloso en el tiempo de un rayo, es el país donde uno puede caer de una montaña y levantarse vivo, es el país donde se es visible cuando se quiere, invisible cuando se lo desea. Si hay un país mágico es realmente para que en él yo sea un príncipe encantado y todos los lindos lechuguinos se vuelvan peludos y feos como osos.

Pero hay también una utopía que está hecha para borrar los cuerpos. Esa utopía es el país de los muertos, son las grandes ciudades utópicas que nos dejó la civilización egipcia. Después de todo, las momias, ¿qué son? Es la utopía del cuerpo negado y transfigurado. La momia es el gran cuerpo utópico que persiste a través del tiempo. También existieron las máscaras de oro que la civilización micénica ponía sobre las caras de los reyes difuntos: utopía de sus cuerpos gloriosos, poderosos, solares, terror de los ejércitos. Existieron las pinturas y las esculturas de las tumbas; los yacientes, que desde la Edad Media prolongan en la inmovilidad una juventud que ya no tendrá fin. Existen ahora, en nuestros días, esos simples cubos de mármol, cuerpos geometrizados por la piedra, figuras regulares y blancas sobre el gran cuadro negro de los cementerios. Y en esa ciudad de utopía de los muertos, hete aquí que mi cuerpo se vuelve sólido como una cosa, eterno como un dios.

Pero tal vez la más obstinada, la más poderosa de esas utopías por las cuales borramos la triste topología del cuerpo nos la suministra el gran mito del alma, desde el fondo de la historia occidental. El alma funciona en mi cuerpo de una manera muy maravillosa. En él se aloja, por supuesto, pero bien que sabe escaparse de él: se escapa para ver las cosas, a través de las ventanas de mis ojos, se escapa para soñar cuando duermo, para sobrevivir cuando muero. Mi alma es bella, es pura, es blanca; y si mi cuerpo barroso –en todo caso no muy limpio– viene a ensuciarla, seguro que habrá una virtud, seguro que habrá un poder, seguro que habrá mil gestos sagrados que la restablecerán en su pureza primigenia. Mi alma durará largo tiempo, y más que largo tiempo, cuando mi viejo cuerpo vaya a pudrirse. ¡Viva mi alma! Es mi cuerpo luminoso, purificado, virtuoso, ágil, móvil, tibio, fresco; es mi cuerpo liso, castrado, redondeado como una burbuja de jabón.

Y hete aquí que mi cuerpo, por la virtud de todas esas utopías, ha desaparecido. Ha desaparecido como la llama de una vela que alguien sopla. El alma, las tumbas, los genios y las hadas se apropiaron por la fuerza de él, lo hicieron desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, soplaron sobre su pesadez, sobre su fealdad, y me lo restituyeron resplandeciente y perpetuo.

Pero mi cuerpo, a decir verdad, no se deja someter con tanta facilidad. Después de todo, él mismo tiene sus recursos propios de lo fantástico; también él posee lugares sin lugar y lugares más profundos, más obstinados todavía que el alma, que la tumba, que el encanto de los magos. Tiene sus bodegas y sus desvanes, tiene sus estadías oscuras, sus playas luminosas. Mi cabeza, por ejemplo, mi cabeza: qué extraña caverna abierta sobre el mundo exterior por dos ventanas, dos aberturas, bien seguro estoy de eso, puesto que las veo en el espejo; y además, puedo cerrar una u otra por separado. Y sin embargo no hay más que una sola de esas aberturas, porque delante de mí no veo más que un solo paisaje, continuo, sin tabiques ni cortes. Y en esa cabeza, ¿cómo ocurren las cosas? Y bien, las cosas vienen a alojarse en ella. Entran allí –y de eso estoy muy seguro, de que las cosas entran en mi cabeza cuando miro, porque el sol, cuando es demasiado fuerte y me deslumbra, va a desgarrar hasta el fondo de mi cerebro–, y sin embargo esas cosas que entran en mi cabeza siguen estando realmente en el exterior, puesto que las veo delante de mí y, para alcanzarlas, a mi vez debo avanzar.

Cuerpo incomprensible, cuerpo penetrable y opaco, cuerpo abierto y cerrado: cuerpo utópico. Cuerpo absolutamente visible, en un sentido: muy bien sé lo que es ser mirado por algún otro de la cabeza a los pies, sé lo que es ser espiado por detrás, vigilado por encima del hombro, sorprendido cuando menos me lo espero, sé lo que es estar desnudo; sin embargo, ese mismo cuerpo que es tan visible, es retirado, es captado por una suerte de invisibilidad de la que jamás puedo separarlo. Ese cráneo, ese detrás de mi cráneo que puedo tantear, allí, con mis dedos, pero jamás ver; esa espalda, que siento apoyada contra el empuje del colchón sobre el diván, cuando estoy acostado, pero que sólo sorprenderé mediante la astucia de un espejo; y qué es ese hombro, cuyos movimientos y posiciones conozco con precisión pero que jamás podré ver sin retorcerme espantosamente. El cuerpo, fantasma que no aparece sino en el espejismo de los espejos y, todavía, de una manera fragmentaria. ¿Acaso realmente necesito a los genios y a las hadas, y a la muerte y al alma, para ser a la vez indisociablemente visible e invisible? Y además ese cuerpo es ligero, es transparente, es imponderable; nada es menos cosa que él: corre, actúa, vive, desea, se deja atravesar sin resistencia por todas mis intenciones. Sí. Pero hasta el día en que siento dolor, en que se profundiza la caverna de mi vientre, en que se bloquean, en que se atascan, en que se llenan de estopa mi pecho y mi garganta. Hasta el día en que se estrella en el fondo de mi boca el dolor de muelas. Entonces, entonces ahí dejo de ser ligero, imponderable, etc.; me vuelvo cosa, arquitectura fantástica y arruinada.

No, realmente, no se necesita sortilegio ni magia, no se necesita un alma ni una muerte para que sea a la vez opaco y transparente, visible e invisible, vida y cosa; para que sea utopía basta que sea un cuerpo. Todas esas utopías por las cuales esquivaba mi cuerpo, simplemente tenían su modelo y su punto primero de aplicación, tenían su lugar de origen en mi propio cuerpo. Estaba muy equivocado hace un rato al decir que las utopías estaban vueltas contra el cuerpo y destinadas a borrarlo: ellas nacieron del propio cuerpo y tal vez luego se volvieron contra él.

En todo caso, una cosa es segura, y es que el cuerpo humano es el actor principal de todas las utopías. Después de todo, una de las más viejas utopías que los hombres se contaron a ellos mismos, ¿no es el sueño de cuerpos inmensos, desmesurados, que devorarían el espacio y dominarían el mundo? Es la vieja utopía de los gigantes, que se encuentra en el corazón de tantas leyendas, en Europa, en Africa, en Oceanía, en Asia; esa vieja leyenda que durante tanto tiempo alimentó la imaginación occidental, de Prometeo a Gulliver.

También el cuerpo es un gran actor utópico, cuando se trata de las máscaras, del maquillaje y del tatuaje. Enmascararse, maquillarse, tatuarse, no es exactamente, como uno podría imaginárselo, adquirir otro cuerpo, simplemente un poco más bello, mejor decorado, más fácilmente reconocible; tatuarse, maquillarse, enmascararse, es sin duda algo muy distinto, es hacer entrar al cuerpo en comunicación con poderes secretos y fuerzas invisibles. La máscara, el signo tatuado, el afeite depositan sobre el cuerpo todo un lenguaje: todo un lenguaje enigmático, todo un lenguaje cifrado, secreto, sagrado, que llama sobre ese mismo cuerpo la violencia del dios, el poder sordo de lo sagrado o la vivacidad del deseo. La máscara, el tatuaje, el afeite colocan al cuerpo en otro espacio, lo hacen entrar en un lugar que no tiene lugar directamente en el mundo, hacen de ese cuerpo un fragmento de espacio imaginario que va a comunicar con el universo de las divinidades o con el universo del otro. Uno será poseído por los dioses o por la persona que uno acaba de seducir. En todo caso la máscara, el tatuaje, el afeite son operaciones por las cuales el cuerpo es arrancado a su espacio propio y proyectado a otro espacio.

Escuchen, por ejemplo, este cuento japonés y la manera en que un tatuador hace pasar a un universo que no es el nuestro el cuerpo de la joven que él desea:

“El sol disparaba sus rayos sobre el río e incendiaba el cuarto de las siete esteras. Sus rayos reflejados sobre la superficie del agua formaban un dibujo de olas doradas sobre el papel de los biombos y sobre la cara de la joven profundamente dormida. Seikichi, tras haber corrido los tabiques, tomó entre sus manos sus herramientas de tatuaje. Durante algunos instantes permaneció sumido en una suerte de éxtasis. Precisamente ahora saboreaba plenamente la extraña belleza de la joven. Le parecía que podía permanecer sentado ante ese rostro inmóvil durante decenas y centenas de años sin jamás experimentar ni fatiga ni aburrimiento. Así como el pueblo de Menfis embellecía antaño la tierra magnífica de Egipto de pirámides y de esfinges, así Seikichi con todo su amor quiso embellecer con su dibujo la piel fresca de la joven. Le aplicó de inmediato la punta de sus pinceles de color sostenidos entre el pulgar, el anular y el dedo pequeño de la mano izquierda, y a medida que las líneas eran dibujadas, las pinchaba con su aguja sostenida en la mano derecha”.

Y si se piensa que la vestimenta sagrada, o profana, religiosa o civil hace entrar al individuo en el espacio cerrado de lo religioso o en la red invisible de la sociedad, entonces se ve que todo cuanto toca al cuerpo –-dibujo, color, diadema, tiara, vestimenta, uniforme–, todo eso hace alcanzar su pleno desarrollo, bajo una forma sensible y abigarrada, las utopías selladas en el cuerpo.

Pero acaso habría que descender una vez más por debajo de la vestimenta, acaso habría que alcanzar la misma carne, y entonces se vería que en algunos casos, en su punto límite, es el propio cuerpo el que vuelve contra sí su poder utópico y hace entrar todo el espacio de lo religioso y lo sagrado, todo el espacio del otro mundo, todo el espacio del contramundo, en el interior mismo del espacio que le está reservado. Entonces, el cuerpo, en su materialidad, en su carne, sería como el producto de sus propias fantasías. Después de todo, ¿acaso el cuerpo del bailarín no es justamente un cuerpo dilatado según todo un espacio que le es interior y exterior a la vez? Y también los drogados, y los poseídos; los poseídos, cuyo cuerpo se vuelve infierno; los estigmatizados, cuyo cuerpo se vuelve sufrimiento, redención y salvación, sangrante paraíso.

Realmente era necio, hace un rato, de creer que el cuerpo nunca estaba en otra parte, que era un aquí irremediable y que se oponía a toda utopía.

Mi cuerpo, de hecho, está siempre en otra parte, está ligado a todas las otras partes del mundo, y a decir verdad está en otra parte que en el mundo. Porque es a su alrededor donde están dispuestas las cosas, es con respecto a él –y con respecto a él como con respecto a un soberano– como hay un encima, un debajo, una derecha, una izquierda, un adelante, un atrás, un cercano, un lejano. El cuerpo es el punto cero del mundo, allí donde los caminos y los espacios vienen a cruzarse, el cuerpo no está en ninguna parte: en el corazón del mundo es ese pequeño núcleo utópico a partir del cual sueño, hablo, expreso, imagino, percibo las cosas en su lugar y también las niego por el poder indefinido de las utopías que imagino. Mi cuerpo es como la Ciudad del Sol, no tiene un lugar pero de él salen e irradian todos los lugares posibles, reales o utópicos.

Después de todo, los niños tardan mucho tiempo en saber que tienen un cuerpo. Durante meses, durante más de un año, no tienen más que un cuerpo disperso, miembros, cavidades, orificios, y todo esto no se organiza, todo esto no se corporiza literalmente sino en la imagen del espejo. De una manera más extraña todavía, los griegos de Homero no tenían una palabra para designar la unidad del cuerpo. Por paradójico que sea, delante de Troya, bajo los muros defendidos por Héctor y sus compañeros, no había cuerpo, había brazos alzados, había pechos valerosos, había piernas ágiles, había cascos brillantes por encima de las cabezas: no había un cuerpo. La palabra griega que significa cuerpo no aparece en Homero sino para designar el cadáver. Es ese cadáver, por consiguiente, es el cadáver y es el espejo quienes nos enseñan (en fin, quienes enseñaron a los griegos y quienes enseñan ahora a los niños) que tenemos un cuerpo, que ese cuerpo tiene una forma, que esa forma tiene un contorno, que en ese contorno hay un espesor, un peso, en una palabra, que el cuerpo ocupa un lugar. Es el espejo y es el cadáver los que asignan un espacio a la experiencia profunda y originariamente utópica del cuerpo; es el espejo y es el cadáver los que hacen callar y apaciguan y cierran sobre un cierre –-que ahora está para nosotros sellado– esa gran rabia utópica que hace trizas y volatiliza a cada instante nuestro cuerpo. Es gracias a ellos, es gracias al espejo y al cadáver por lo que nuestro cuerpo no es lisa y llana utopía. Si se piensa, empero, que la imagen del espejo está alojada para nosotros en un espacio inaccesible, y que jamás podremos estar allí donde estará nuestro cadáver, si se piensa que el espejo y el cadáver están ellos mismos en un invencible otra parte, entonces se descubre que sólo unas utopías pueden encerrarse sobre ellas mismas y ocultar un instante la utopía profunda y soberana de nuestro cuerpo.

Tal vez habría que decir también que hacer el amor es sentir su cuerpo que se cierra sobre sí, es finalmente existir fuera de toda utopía, con toda su densidad, entre las manos del otro. Bajo los dedos del otro que te recorren, todas las partes invisibles de tu cuerpo se ponen a existir, contra los labios del otro los tuyos se vuelven sensibles, delante de sus ojos semicerrados tu cara adquiere una certidumbre, hay una mirada finalmente para ver tus párpados cerrados. También el amor, como el espejo y como la muerte, apacigua la utopía de tu cuerpo, la hace callar, la calma, y la encierra como en una caja, la clausura y la sella. Por eso es un pariente tan próximo de la ilusión del espejo y de la amenaza de la muerte; y si a pesar de esas dos figuras peligrosas que lo rodean a uno le gusta tanto hacer el amor es porque, en el amor, el cuerpo está aquí.

1 La recuperación del cuerpo en el proceso del despertar es un tema recurrente en la obra de Marcel Proust. (N. de la R.)

* La conferencia “El cuerpo utópico”, de 1966, integra el libro El cuerpo utópico. Las heterotopías, de reciente aparición (ed. Nueva Visión).

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Fuente: Página 12 29 – 10 – 2010

Evitar el fenómeno del trabajador pobre


Por Artemio López *

“Ojo que el salario mínimo está adelantado y no atrasado. Tenemos el salario mínimo más alto de América latina”, sentenció el vicepresidente de la UIA y titular de la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios, Daniel Funes de Rioja. “Desde 2002, cuando era de 200 pesos, hasta ahora, que es de 1500 pesos, subió un 650 por ciento. Creció más que todos los (salarios) de convenio de la industria y los servicios, las asignaciones familiares y las jubilaciones”, argumentó.

La comparación de Funes de Rioja arranca en el año 2002 cuando el 54 por ciento de la población era pobre, el 27 indigente y el 50 por ciento de los trabajadores informales, mientras el 30 por ciento de los asalariados que permanecían formales no superaban con su salario la línea de pobreza. Entonces la institución Salario Mínimo había sido congelada y finalmente demolida por el neoliberalismo como mecanismo histórico de protección para los asalariados de menores remuneraciones.

Al respecto, reforzando lo dicho, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala: Durante los años noventa, en un escenario en que muchos países aplicaron políticas de liberalización y apertura de los mercados de bienes y servicios y financieros, hubo voces que también propusieron eliminar el salario mínimo como una forma de dar mayor libertad a las fuerzas del mercado. Si bien muy pocos países en el mundo se han aventurado por el camino de la eliminación del SM, no han sido pocos los que deliberadamente han optado por debilitarlo como piso relevante de la escala salarial.

En su historia reciente, los países del Cono Sur practicaron algunos de estos enfoques, y en su aplicación debilitaron el instrumento al punto de que en muchos casos pasó a tratarse de una política desprestigiada. En los últimos años, sin embargo, en su mayoría han dado pasos concretos con miras a recuperar el SM como una política efectiva para proteger a los trabajadores de más bajos ingresos.

Las comparaciones de Funes de Rioja, con intencionalidad corporativa manifiesta, no tienen entonces fundamento real alguno. Cualquier aumento que parta desde la nada parecerá “colosal”, estimado Doctor. En efecto, luego de una década de congelamiento y finalmente estrepitosa caída entre 2001 y 2002 (el punto de base que sirve de referencia en la comparación de Funes de Rioja y su “650 por ciento de aumento”), el Salario Mínimo en Argentina se recompone recién a partir del año 2003 de manera sostenida, y se alinea con el de Chile y Brasil recién en el año 2004.

Dada la fijación de 1500 pesos como Salario Mínimo en enero de 2010, hoy en línea con la valorización de la línea de pobreza para un hogar tipo metropolitano y con una perspectiva inflacionaria en torno del 20 por ciento anual promedio y 30 por ciento en alimentos y bebidas, no cabe duda de que el nuevo Salario Mínimo a fijar no puede ser menor a 1800 pesos, o sea un 20 por ciento por sobre los niveles anteriores.

Se intentará con este aumento ya que no recomponer, al menos preservar el poder adquisitivo de la institución Salario Mínimo, respecto del valor de la línea de pobreza para cuatro miembros, y evitar que también en el ámbito formal se consolide y expanda el fenómeno del trabajador pobre, tan frecuente en el mercado de trabajo diseñado durante los años noventa y cuyos efectos, aunque atenuados, aún perduran: trabajadores ocupados plenos con remuneraciones menores al umbral de la pobreza de su hogar de residencia.

* Director de la consultora Equis. – Sociólogo

Fuente: Página 12 – 2/8/2010

Habemus Censo Industrial – Daniel Azpiazu, Martin Schorr


Por Daniel Azpiazu y Martin Schorr *

El Indec acaba de publicar los primeros tabulados provisorios del Censo Nacional Económico (CNE) 2004-2005. Los mismos brindan una imagen interesante de los rasgos estructurales de una amplia gama de sectores de actividad, entre los que interesa destacar los referidos a la industria. Estas evidencias brindan una foto de las modificaciones resultantes de las políticas neoliberales impuestas en los años noventa, así como de las incipientes de los primeros años de la posconvertibilidad.

Una primera visión general de los datos, insertos en la película que surgiría de algunas comparaciones intercensales, aporta algunos elementos de juicio importantes sobre el devenir industrial en la Argentina.

1. La cantidad de locales productivos relevados (81.184, con información correspondiente al año censal) supone una caída de casi 9000 unidades fabriles respecto al CNE anterior realizado en el país (1994). Este fenómeno se registra por tercera vez consecutiva y supone un reducción de plantas del orden de las 25.000 en relación con el CNE de 1974, el último realizado en el marco de la industrialización sustitutiva (cerca de una cuarta parte del total relevado a mediados de los años setenta).

2. La ocupación industrial (poco más de 950.000 trabajadores) supone una expulsión de más de 55.000 personas respecto a una década atrás. En este plano también el fenómeno se reproduce por tercer censo consecutivo y remite a una expulsión de casi 375.000 trabajadores en relación con los ocupados en la última fase del proceso sustitutivo. Así, al cabo de tres décadas, la industria expulsó a casi el 30 por ciento de la dotación de mano de obra ocupada y se constituyó en uno de los sectores que más aportó a la problemática de la desocupación y la precarización laboral.

3. En un escenario de achicamiento generalizado y regresivo de la industria, con un severo redimensionamiento de las unidades fabriles por efecto, entre otros factores, de la “flexibilización” laboral y la terciarización, tuvo lugar un incremento pronunciado en el grado de concentración industrial global. Mientras que en el CNE de 1994 las plantas de más de 100 ocupados dieron cuenta del 59 por ciento de la producción, en el último su participación ascendió a más del 67 por ciento. La concentración agregada de la industria tiene su lógico y natural correlato en la pérdida de gravitación de las pymes. Si bien con los datos provisorios presentados por el Indec aún no se puede avanzar mucho más en el análisis, cabe suponer que tal fenómeno se verá agudizado cuando se disponga de información referida a la centralización del capital, notablemente profundizada en los años noventa, y al seguramente creciente grado de oligopolización de los distintos mercados que conforman el espectro fabril local.

4. Las primeras aproximaciones que permiten los datos recientemente publicados sobre la distribución funcional del excedente manufacturero remiten a una creciente inequidad distributiva. Así, en el CNE de 1994 las remuneraciones al trabajo representaron algo menos del 44 por ciento del valor agregado sectorial; porcentual que se contrajo a apenas el 25 por ciento en los últimos datos censales. En otras palabras, el excedente bruto de explotación en la industria alcanzó a mediados de la presente década a prácticamente las tres cuartas partes de la generación de valor del sector. Las evidencias del Indec aportan otra conclusión relevante: la regresividad distributiva mucho más marcada en los rubros fabriles oligopólicos (refinerías de petróleo, frigoríficos, cemento, aluminio, hierro y acero).

5. Una forma complementaria de reflejar la inequidad distributiva remite a la consideración de dos relaciones que, en su interacción, no harían más que constituirse en un buen indicador aproximado de la tasa de explotación de la mano de obra. Se trata de la productividad del trabajo o la generación de valor por ocupado, que se vería reflejada en la relación entre el valor agregado censal y la ocupación sectorial. Y la que vincula la masa salarial con el total de ocupados asalariados. En otros términos: cuánto genera cada trabajador versus el respectivo costo medio salarial. En la información recientemente publicada surge que tal relación entre la productividad y los salarios medios se elevó a 3,5, cuando una década atrás la misma fue de “apenas” 2,0. Esto revela desde otra perspectiva una creciente apropiación del excedente por parte de los capitalistas del sector (en especial de los más grandes, dado lo difundido de los procesos de concentración y centralización del capital).

6. Entre los dos últimos censos tuvo lugar una nueva caída en la relación entre el valor agregado y el valor bruto de producción (pasó del 33 al 31 por ciento), lo cual indica una creciente desintegración de la industria argentina por el retroceso del segmento de proveedores locales, especialmente intenso en el ámbito de los bienes de capital y otras ramas con un alto potencial de desarrollo científico y de ingeniería.

Así, achicamiento regresivo del tejido manufacturero, concentración de la producción, regresividad distributiva, reforzamiento del carácter trunco de la estructura fabril y dependencia tecnológica son algunas de las principales conclusiones que surgen de una primera lectura de los tabulados censales oficializados por el Indec. En varios estudios recientes se ha demostrado cómo todos estos procesos y otros (como la creciente reprimarización de la producción y las exportaciones sectoriales, y el elevado componente importado de la matriz industrial) se han afianzado aún más en los años recientes al calor de la vigencia del “dólar alto” como eje prácticamente excluyente de la “política de fomento” hacia la industria. Y expresan la consolidación del agudo cuadro de desindustrialización iniciado con la última dictadura militar.

¿Habrá que esperar hasta el CNE de la próxima década para contar con una foto tan precisa y disponer de elementos más que suficientes para empezar a formular y aplicar un programa de reindustrialización nacional que empiece a desandar las críticas tendencias aludidas? ¿O con la película que ya se dispone se puede avanzar en tal tarea? La respuesta es obvia, se trata simplemente de tener voluntad política

*Investigadores Flacso/Conicet

Fuente: Página 12 25/10/09 – Suplemento Cash

Regina Reyes Novaes – Todo joven conoce hoy la muerte de algún par


Es brasileña y reconocida especialista en temas de juventud. Coordinó una investigación sobre jóvenes en seis países del Cono Sur. Aquí, explica y analiza los resultados del estudio.

Por Mariana Carbajal

“Las políticas que criminalizan el consumo de las drogas favorecen la proliferación de pandillas juveniles”, afirma la doctora en antropología social brasileña Regina Reyes Novaes. Como reconocida especialista en temas de juventud, integra la Comisión Nacional Drogas y Democracia, en su país, que promueve un cambio de paradigma en el abordaje de la problemática de las drogas y el narcotráfico. Novaes coordinó una encuesta regional para conocer las opiniones, actitudes y experiencias de los jóvenes sudamericanos, que se aplicó en Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay, Bolivia y Brasil. La experta analizó en una entrevista con Página/12 los hallazgos más interesantes del estudio, pionero en su tipo, que abarcó a unas 15.000 personas. Las maras, el embarazo adolescente, la criminalización de los territorios urbanos y cómo afecta el patrón estético dominante a las jóvenes fueron algunos de los temas que analizó en la charla con este diario.

Ex secretaria adjunta de la Secretaría Nacional de Juventud del gobierno de Lula da Silva entre 2005 y 2007, Novaes tiene una larga trayectoria como investigadora sobre temas de juventud y pobreza en las favelas. Fue presidenta del Consejo Nacional de Juventud de Brasil y es profesora del posgrado en sociología y antropología de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). La semana pasada estuvo en Buenos Aires para participar de un seminario en la Fundación SES. En el encuentro se analizaron con otros especialistas los resultados de la investigación “Juventudes sudamericanas; diálogos para la construcción de una democracia regional”, realizada entre 2008 y 2009 por una red de instituciones especializadas en juventud en los seis países. Los resultados del estudio argentino fueron adelantados oportunamente por Página/12.

–¿Qué significa ser joven hoy en la región?

–Más allá de todas las diferencias que encontramos entre los seis países, hay algunas coincidencias para destacar: las consecuencias del modelo económico de desarrollo afectan particularmente a los jóvenes. La juventud es un momento entre la protección de la infancia y la autonomía para la madurez, es un momento en el que hay que pensar en el futuro. La inserción productiva es el principal problema que los afecta: hay jóvenes que no pueden estudiar, pero los que sí pueden, consiguen empleos en calificaciones muy por debajo de sus estudios. Este es un fenómeno nuevo.

–A muchos adultos les pasa lo mismo.

–Pero no tuvieron esa experiencia en cuanto jóvenes. Claro que los cambios afectan a toda la sociedad, pero los adultos no están en un momento de definiciones. Los jóvenes, en cambio, sí, tienen que hacer estrategias para entrar al mercado de trabajo. Todos están preocupados porque el estudio que siguen no les da posibilidad de inserción cierta. Terminan la universidad y no consiguen trabajo acorde con lo que estudiaron. Esto se ve en los seis países. La cuestión de la educación es un grave problema. El segundo problema común tiene que ver con la violencia. Hay una criminalización territorial de áreas urbanas, por la presencia del tráfico de drogas. Antes un obrero podía vivir en un barrio de trabajadores, pero no estaba criminalizado el territorio urbano.

–¿Cómo afecta este nuevo escenario a los jóvenes?

–Algunos jóvenes trafican, hacen de la venta de drogas su forma de supervivencia, otros consumen, otros no trafican ni consumen pero viven allí y sufren la violencia simbólica que significa poder perder un trabajo por tener ese domicilio que los clasifica inmediatamente como delincuente. Y hay otros que no trafican, no consumen, no viven allí pero salen a la noche para divertirse y también son afectados por peleas, o por la policía. La policía –y éste es un aspecto muy importante–, no tiene una manera adecuada de abordaje de la cuestión juvenil. Disputas que podían resolverse con una pelea, tal vez a las piñas, terminan en muerte. La cuestión de la muerte debería estar lejos de la juventud. Sin embargo, todos los jóvenes hoy en día conocen la muerte de pares. Así surge de las encuestas que hemos hecho. Todos conocen la muerte de un primo, de amigos o vecinos de su edad.

–Otra marca generacional es la presencia de las nuevas tecnologías.

–Sí, son jóvenes en un momento en que cambia la relación tiempo y espacio. Es la primera generación juvenil en la que Internet llega a las clases populares, a través de cibercafés, ONG o programas gubernamentales. Hay sitios de hip hop a través de los cuales jóvenes de la periferia de Brasil se ponen en contacto y hablan con pares de la periferia de Francia y otros países.

–¿Cuáles son las demandas de los jóvenes?

–La primera es una educación con calidad, en la que la teoría y la práctica se aproximen, de acuerdo con los moldes del siglo XXI. La demanda por una educación de calidad tiene distintos enfoques. Los jóvenes incluidos, universitarios, demandan al Estado regulaciones en las pasantías laborales, para que no terminen siendo mano de obra barata, o que los destinen a servir café en las empresas. Los que tienen inclusión precaria piden que la escuela secundaria les permita opciones de carreras que tienen que ver con las nuevas demandas del mercado, no las clásicas como peluquería o mecánica, sino como agentes de cultura, de medio ambiente, o acompañamiento de adultos mayores. Y por último, los jóvenes excluidos, que quieren ingresar al sistema, reclaman no tener que abandonar sus estudios para ayudar económicamente a sus familias. Si hay un problema que está presente en los seis países es el abandono y el desinterés en la educación media. Es clave la reformulación de la escuela media en los seis países.

–¿Entran los problemas de los jóvenes en la agenda prioritaria política?

–En los ’90, cuando se hicieron las reformas neoliberales, con la idea de un Estado más pequeño y la flexibilización laboral, los organismos internacionales vieron que había un problema entre los jóvenes. Por iniciativa de las agencias multilaterales de crédito empezaron a pensar en proyectos de inserción laboral de jóvenes. De los seis países en los que realizamos la encuesta, cinco crearon institucionalidades juveniles, ya sea un ministerio, una secretaría o una coordinación de juventud. El único que lo hizo a través del Ministerio de Trabajo fue Brasil. Pero se crearon estos espacios no con una idea de derechos sino de capacitar a los jóvenes para el mercado de trabajo como un medio para prevención de la violencia. Pero a comienzos de los años 2000 se empezó a hablar sobre derechos de la juventud, con la llegada de Néstor Kirchner a la Argentina, de Evo Morales en Bolivia. Es un nuevo paradigma. En Brasil, en 2005, se creó la Secretaría Nacional de Juventud.

–¿Se traduce este cambio de paradigma en políticas dirigidas a las juventud?

–Todavía no. Es un problema grave que las políticas de Estado están segmentadas por ministerios diferenciados, que no tienen, necesariamente, una mirada hacia la juventud. No hay políticas integrales de juventud, transversales. En los ministerios de Desarrollo Social piensan que es más urgente dar prioridad a los niños y a las familias. En Brasil queríamos dar una beca a los jóvenes y el Ministerio de Desarrollo se oponía porque quería darles el dinero a las madres. Nosotros queríamos darles autonomía.

–¿Quién ganó la pulseada?

–Se impuso nuestra visión. Es muy difícil lograr la legitimidad de los espacios de juventud para hablar con los ministerios. En Argentina hay un Instituto Nacional de Juventud que depende del Ministerio de Desarrollo Social. Por otra parte, la opinión pública piensa que como los jóvenes tienen fuerza física se las tienen que arreglar solos. Además, la sociedad los mira con mucho miedo, por la cuestión de la violencia. Incluso, los propios jóvenes, según surge de nuestra encuesta, repiten esa visión estigmatizada, repiten los prejuicios con otros jóvenes. El otro problema que vemos es que los jóvenes que llegan a conducir los espacios de juventud gubernamental, desde movimientos de base juveniles, terminan haciendo lo que el partido político que está en el poder les pide, son cooptados. Y a su vez, tienen poco presupuesto.

–¿Hay experiencias positivas de políticas públicas?

–Sí, en todos los países se procura pensar los programas de inserción laboral, a partir de la capacitación profesional con familias ocupacionales: con una misma base técnica dar opciones para distintas profesiones. Otro aspecto en el que se ha avanzado es en el de los derechos sexuales y reproductivos: en todos los países hay programas. Hasta hace un tiempo atrás este tipo de programas tenían una visión moralista, inquisidora.

–De todas formas, persisten los obstáculos, al menos en la Argentina, para que llegue la educación sexual a las escuelas y no hay fuertes campañas de difusión de los programas de salud sexual y reproductiva.

–Es cierto. Pero hay un nuevo paradigma, de otras maneras de pensar el pasaje de la juventud a la edad adulta. La cuestión de matrimonio era un marco importante antes en ese camino. Ya no lo es. Lo mismo con respecto a la diversidad sexual. En la sociedad persisten prejuicios, pero se observa que están disminuyendo igual que la discriminación.

–¿Cómo condiciona el proyecto de vida de los jóvenes el embarazo adolescente?

–Vemos que jóvenes que son madres o padres adolescentes vuelven a tener una esperanza, a interesarse por la vida, motivados por sus hijos. Ya no se ve como un problema social aislado. Lo que nos muestra que tenemos que darles información a los jóvenes, para prevenir un embarazo, pero también otra perspectiva de vida, mostrar alternativas diferentes de trayectorias de vida, otras experiencias para que puedan optar. Con la información no alcanza.

–¿Qué políticas favorecen la formación de las pandillas juveniles?

–Fundamentalmente, las políticas segregacionistas, que criminalizan el consumo de las drogas, con el actual modelo que impera en la región, que trata de la misma manera a quien puede consumir y tener una experiencia rápida y a quien trafica. El reciente fallo de la Corte Suprema argentina abre un camino a seguir.

Fuente:  Pagina 12 18/10/09

Ruben Dri sobre la nueva Ley de Comunicación


Lecciones de la batalla por los medios

Por Rubén Dri *

La larga y exitosa batalla que dieron los sectores populares y el Gobierno para dar a luz la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual dejó algunas enseñanzas que será bueno tener en cuenta para futuros combates.

- Se construye desde abajo. Una ley de la democracia se construye democráticamente. Nos referimos a una democracia real que hoy se denomina “participativa”, lo cual en principio es redundante, porque si no hay participación no hay democracia. Pero no está de más el adjetivo por cuanto generalmente la democracia se ha vaciado de contenido al ser sólo “representativa”. La democracia necesariamente es representativa, porque la democracia directa como la pensó Rousseau se ha demostrado inviable como él mismo lo sabía, cosa que dejó aclarada en las propuestas que formuló para su aplicación en Córcega y Polonia. Pero si “sólo” es representativa se vacía de contenido. En efecto, la participación del pueblo que debiera ser el verdadero sujeto de la misma se reduce a poner periódicamente un voto en un sobre. Democracia es kratos del demos, es decir, “poder del pueblo”. Este, como sujeto colectivo actuando, debatiendo, decidiendo y proponiendo las leyes, velando por su aplicación, es el que hace que la democracia sea una realidad y no una mera formalidad.

Recurriendo a la figura espacial, la “representación” conformada por los poderes del Estado se encuentra “arriba” y los movimientos sociales, “abajo”. El “arriba” en las democracias puramente representativas tiende a separarse totalmente del “abajo”, transformándose en un cuerpo con intereses propios. Cuando ello sucede, se aprueban leyes que no sólo nada tienen que ver con los intereses populares, sino que los contradicen. Es lo que sucedió en los ’90 cuando se aprobaron las vergonzosas leyes denominadas de “flexibilización laboral”.

La “representación” debe responder a los intereses de los representados, pero para que ello suceda éstos deben actuar, hacer sentir su presencia, construir poder popular, poder que vaya de abajo hacia arriba, debatir, proponer. Las leyes serán favorables al pueblo cuando éste haya tenido verdadera participación en ellas. Es lo que ha sucedido con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Fue producto de un largo proceso de debate en el seno de los sectores populares, radios comunitarias, pueblos originarios, organizaciones sociales y culturales, asambleas barriales, organismos de derechos humanos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Serpaj, universidades, organizaciones estudiantiles, agrupaciones políticas, en una palabra, todo el espectro del campo popular. Tras este proceso, el Poder Ejecutivo presentó el proyecto a las cámaras legislativas, es decir, a los “representantes”, para que lo debatiesen y terminasen con la aprobación. La objeción de los grupos opositores en el sentido de que no tuvieron tiempo de discutirlo es, pues, una de las peores mentiras que se pudieran haber formulado. Si no lo debatieron, fue porque no les interesó.

De esta manera, en el proceso de formulación de esta ley se ha hecho realidad la relación dialéctica entre arriba y abajo, representantes y representados, en un proceso de creación de poder popular. Con ello se ha dado un gran paso en la superación de la mera democracia representativa hacia la democracia participativa. Depende ahora, en gran parte, que los sectores populares continúen su lucha por hacer de esta ley una realidad viviente que haga sentir un verdadero concierto de voces con tonalidades diferentes.

- La batalla por el lenguaje. En el paso del Estado feudal al moderno fue esencial la función cumplida por el lenguaje, según lo analiza Hegel en la Fenomenología del espíritu. En el Estado feudal el noble obedece pero mantiene a resguardo su propio juicio. Es el “orgulloso vasallo” cuyo lenguaje es el “consejo” por el bien universal. Se reserva su conciencia particular. Para el paso al Estado moderno fue necesario que el noble vasallo cambiase su lenguaje pasando del consejo al “halago”. El vasallo, que en el anterior Estado ejercía el heroísmo del servicio, dispuesto a jugar su propia vida en el campo del combate, pasa a ejercer ahora el “heroísmo de la adulación”, es decir, se transforma en cortesano dándole el yo o la conciencia al Estado y el poder real al yo, de manera que el monarca pudiera decir “el Estado soy yo”.

En la concepción de Hobbes, los hombres se entregan completamente al Estado que lleva el nombre mitológico de “Leviatán”, ese monstruo marino de poderes asombrosos. Pero ese monstruo es, en realidad, una máquina. Le falta la conciencia, el convertirse realmente en sujeto, transformación que sólo puede realizarse por medio del lenguaje. Esa es la tarea que realizan los nobles al transformar el lenguaje del consejo en el de la adulación. La dialéctica de práctica y conciencia, práctica y lenguaje, atraviesa todas las luchas sociales. El triunfo o la derrota en el ámbito del lenguaje tienen consecuencias profundas para el resultado final de la contienda. El momento del lenguaje, que en el paso del Estado feudal al moderno realizan los nobles, actualmente lo cumplen los grandes medios de comunicación, entre los cuales la radio y la televisión junto con los periódicos cumplen la tarea fundamental.

En la lucha que las patronales agrarias entablaron contra el Gobierno y los sectores populares el año pasado, la primera victoria que consiguieron las patronales fue la del lenguaje. De entrada, mediante el monopolio de los grandes medios de comunicación, lograron instalar la idea de que la lucha era del “campo” contra el Gobierno. El “campo” es un símbolo que mueve a la imaginación a dibujar románticas figuras campestres. El campo es el aire puro, lejos de la contaminación de la ciudad, es el frescor de la brisa, el trinar de los pájaros, el perfume de las flores silvestres. Es el trabajador campesino que se levanta con el sol y con él se acuesta. Es el que proporciona el alimento a toda la población. Es todo eso y mucho más. Siendo así, ¿quién puede estar contra el campo? Media batalla ya está ganada. La superconcentración de tierra y riqueza, la explotación de la peonada, las evasiones, la manera como se adquirieron las tierras, las consecuencias para la salud que acarrean los fumigaciones, las superganancias, todo ello queda oculto bajo el manto del “campo”.

En la batalla aún en curso por los servicios audiovisuales, las cosas se presentaron de la misma manera, pero esta vez el Gobierno y los sectores populares no dieron el brazo a torcer en la cuestión del lenguaje. Es necesario tener en cuenta que los grupos sociales y políticos enfrentados son los mismos que estuvieron en la lucha por la cuestión agraria, y la primera batalla se dio en torno del lenguaje. Los grandes medios que estuvieron en contra de la ley en cuestión siempre la nombraron como “ley K” o “ley mordaza” o “ley de control de medios”. De aceptarse este vocabulario, más de media batalla hubiese estado perdida. Los sectores de la “oposición” tuvieron siempre claridad sobre el problema, decididos a dar la batalla por el lenguaje. Pero esta vez, de parte del Gobierno y de los sectores populares no se cedió. La ley siempre fue designada con el nombre que le corresponde: Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Esta ley otorga a los sectores populares un excelente instrumento para las futuras batallas culturales. Ya no se escuchará una sola voz que les pone nombre a esas batallas, sino que será un concierto de voces que permitirán a la población contrastar opiniones y hacer su propia evaluación.

* Filósofo, profesor consulto de la UBA.

Fuente: Página 12 – 13/10/09

Horacio Gonzalez sobre la Ley de Medios de Comunicación


A la manera de Casullo

Por Horacio González *

Con la ley de medios audiovisuales ya aprobada –escribo esto luego de la transmisión televisada de la votación en el Senado–, creo que es necesario recordar algunas de las cuestiones que atravesaremos de ahora en más. Empleo el término “cuestiones” recordando precisamente el título de uno de los libros de Casullo, a mi juicio su trabajo maduro y excepcional, que en sí mismo representa una de las vetas de la pregunta sobre “el intelectual”, que según se lee en ese mismo libro, vale la pena saber si se va a mantener en los mismos términos que en la época de Voltaire o de Thomas Mann, o bien se extinguirá como palabra repudiada y vencida. En primer lugar, me gustaría recordar brevemente el artículo “La revolución como pasado”, que en sí mismo es un libro dentro del libro póstumo de Casullo, Las cuestiones.

Ahí, escribe un texto fundamental de la cultura crítica argentina, que si hubiera venido traducido del francés o escrito por otro autor de mundos intelectuales más notorios que el nuestro –no es necesario ejemplificar con nadie en especial– estaríamos todos citándolo en sus más mínimos destellos. En ese artículo, con su escritura con ritmos que periódicamente se expresan en cascada para luego volver a la calma, Casullo reescribe el panorama completo de la cultura revolucionara del siglo XIX y el que le sigue –Marx, Proudhon, Lenin, Kautsky, Trotsky, Sartre–, como si explorara un planeta vacío de hombres y de actualidad, pero que ofrece una viva y seductora nota antropológica. Una arrebatadora cultura extinguida. ¿Pero se dice eso para denostar, prescindir, rehusar? Todo lo contrario. Harían bien en leer este escrito los hombres que dignamente llevan hoy esos signos y son portadores de ese lenguaje. No se trata de examinar despectivamente la cultura de esa lengua que permanece sugerente pero talada por dentro, sino, primero, de contarla en sus más emotivas facetas ya sucedidas. Hacer la “crónica”. Casullo llamaba crónica a los pensamientos enteros, en su máxima tensión, pero con su narrativa interna intacta. Y esa crónica es fascinante, caudalosamente conmovedora, pero de una conmoción heroica, sin llanto ni demasía.

Justo cuando se cree que Casullo mira detrás un pilón de ruinas, es que usa el sortilegio de la crónica para –en lo escrito– reavivarlas. Pero en segundo lugar, se trata de descubrir el destino de una época y desbrozar el tema esencial de estos escritos casulleanos: ¿qué cosa es un cambio de época?

No conozco entre nosotros escritos mayores a éste para definir esta cuestión rampante de la filosofía del siglo XX. Casullo no era un historicista, por eso cada hecho que relataba con su destreza de novelista tenía que permitir que se extraiga de él toda su esencia. Así interpretado, cada hecho quedaba como un icono solitario en la historia: los populistas rusos, el monóculo de Bernstein con su socialismo de salón de buen burgués alemán, el marxismo con su escisión dramática entre su sujeto lector proclamado y los lejanos lectores reales. Específicamente, los aparatos de vulgarización del marxismo durante más de un siglo, establecieron un drama humano e intelectual de la convivencia de esos escritos filosóficos con los públicos urbanos y fabriles reales, tema desolador que así como lo presenta Casullo, nadie en nuestro país lo había estudiado en su capacidad de definir una cuestión de honda actualidad: el de los mediadores culturales.

Es así, pues, que cambian las épocas en cada acontecimiento con la suficiente fuerza metafísica –emplea, sí, este concepto, pues con él ve el reflejo intenso de cada época en lo apenas intuido por millones de hombres–, fuerza y acontecimientos que sin que se lo advierta, hacen de la verdad profunda del mundo histórico que vivimos algo desapercibido, pues siempre hablamos de otra cosa.

¿Qué es lo que no percibiríamos? Los alcances humanos de la “apoteosis tecnológica”, en la que el mundo comunicacional que hoy conocemos y sobre el que se plantea una nueva legislación, es su gema más autóctona. ¿Pero era Casullo un apocalíptico o un antitecnológico? No, porque lo que quiere es ver en qué condiciones, un mundo de signos nuevos aloja las viejas cuestiones. Esto es, la antigua forma de la cambiante creación humana, cómo se desenvolvería ahora en tiempos en que la “utopía tecnológica e informática” ya ha creado lenguajes propios, en parte expropiados del bagaje revolucionario anterior, dejando ante la realidad de su propio candor a los que creen –como creyeron los revolucionarios rusos– que los eventos de un tiempo de cambio ideológico bastaban para tranquilamente heredar la tecnología existente. Ahora quizás es al revés: las tecnologías poseen una verba oculta en que no poco se percibe que ellas heredaron –como vicarias astutas de su propia razón amortiguante–, las consignas memorables de la revolución.

Dicho esto, la obra de Casullo se lanza a investigar, siempre con su lenguaje autocreado (necesario para hablar de lo que se habla: precisamente, quiénes hablan o hablarán el lenguaje de la emancipación), qué cosa se puede hacer. Eso mismo investiga: qué nos está dado realizar, pensar, comprometer, ofrendar, hacer. En su crónica de los años de la utopía social revolucionaria, había seguido agudamente la manera en que ésta se iba reconociendo en un tiempo escatológico, como la audaz inmanencia de un reino mesiánico que, aunque se pugnaba por sofocar, en no poco favorecía las versiones populares del gran cambio teorizado como si éste en verdad fuese apenas una ciencia, una razón científica. Recogiendo así los idiomas de lo teológico-político, concepto que al cabo se halla en las más importantes obras de la modernidad, por supuesto en Benjamin y Schmidt, pero en esencia en los mayores filósofos modernos desde hace más de cuatro siglos, Casullo se propone entonces una empresa de estatura benjaminiana.

Pero sin que Benjamin sea una cita ni una bandera ni una conversación erudita, ni un mendrugo de una clase con parcial y final bien dados. Es un Benjamin asimilado secretamente y puesto de otro modo, silenciado en su idioma mesiánico, para pasar a ser escrito de otro modo, que lo desmantelaba y lo volcaba en los odres de “nuestra crónica argentina”. No es necesario ya decir su nombre y hago yo mal en escribirlo. Porque la pregunta casullística es si algo de aquella época que ofrece su valiente museo sin querer ser pieza arrumbada, puede volver a rozarnos.

La respuesta es que eso es posible, pero en nuevas condiciones, que habrá que escribir y pensar. De ahí la necesidad de inventar la lengua para decirlo, de ahí la necesidad de debatir las nuevas condiciones producción del lenguaje, de la construcción de museos de objetos y de lenguas, de la publicación de libros, de ahí el conjuro que nos es necesario para que adquieran otra forma los recursos filosóficos y literarios con los que contamos, para actuar ahora en otro tipo de civilización, que ha creado sus nuevos idiolectos deterministas en los que estamos inmersos. Me refiero a la circunstancia humana, lingüística y metafísica que llamamos creación de imágenes comunicacionales y pasaje a un estadio de vulgarización general de toda la cultura social humana. ¿Cómo hablar, pues? Esa es la cuestión, la cuestión de las cuestiones. El lenguaje de Casullo, que para muchos parecía no ser apto para la política, se preparaba para indagarla en sus puntos extremos.

Una ley no trata estos temas ni debe tratarlos. Muchos se asustan porque cuando aparecen los síntomas de una nueva libertad, es ahí donde la perciben vulnerada, sin interpretar que la sociedad argentina, o ensaya un nuevo lenguaje para tratar sus cuestiones, o desfallece y se extingue en la rusticidad y la perogrullada. Habrá nuevos compromisos y controversias duras. Y los combates en torno a la ley de medios, serán muy pronto debates sobre nuevos idiomas comunicaciones, nuevas críticas a las banales retóricas que nos agobian, para que la civilización argentina, construida a través de desgarramientos, frustraciones y grandes utopías varias veces centenarias, comience a renovar su lengua aterida y su vigor intelectual. La obra de Casullo, en su lectura, es uno de los recorridos para enfrentar estas cuestiones. El vio, intuyó, miró en sus últimos tiempos, la pregnancia de lo sagrado y se mantuvo prudente y tiernamente evocativo frente a ese “pensar sin tiempo” de lo religioso, que describió como una de las rapsodias de su niñez. Una ley, como ésta fundamental que acaba de aprobarse, es una ley y sus circunstancias. La obra de Casullo es una de esas circunstancias, que incumbe a nuestra actualidad atravesar.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

Fuente: Pagina 12 – 12/10/09

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