Ruben Dri sobre la nueva Ley de Comunicación


Lecciones de la batalla por los medios

Por Rubén Dri *

La larga y exitosa batalla que dieron los sectores populares y el Gobierno para dar a luz la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual dejó algunas enseñanzas que será bueno tener en cuenta para futuros combates.

- Se construye desde abajo. Una ley de la democracia se construye democráticamente. Nos referimos a una democracia real que hoy se denomina “participativa”, lo cual en principio es redundante, porque si no hay participación no hay democracia. Pero no está de más el adjetivo por cuanto generalmente la democracia se ha vaciado de contenido al ser sólo “representativa”. La democracia necesariamente es representativa, porque la democracia directa como la pensó Rousseau se ha demostrado inviable como él mismo lo sabía, cosa que dejó aclarada en las propuestas que formuló para su aplicación en Córcega y Polonia. Pero si “sólo” es representativa se vacía de contenido. En efecto, la participación del pueblo que debiera ser el verdadero sujeto de la misma se reduce a poner periódicamente un voto en un sobre. Democracia es kratos del demos, es decir, “poder del pueblo”. Este, como sujeto colectivo actuando, debatiendo, decidiendo y proponiendo las leyes, velando por su aplicación, es el que hace que la democracia sea una realidad y no una mera formalidad.

Recurriendo a la figura espacial, la “representación” conformada por los poderes del Estado se encuentra “arriba” y los movimientos sociales, “abajo”. El “arriba” en las democracias puramente representativas tiende a separarse totalmente del “abajo”, transformándose en un cuerpo con intereses propios. Cuando ello sucede, se aprueban leyes que no sólo nada tienen que ver con los intereses populares, sino que los contradicen. Es lo que sucedió en los ’90 cuando se aprobaron las vergonzosas leyes denominadas de “flexibilización laboral”.

La “representación” debe responder a los intereses de los representados, pero para que ello suceda éstos deben actuar, hacer sentir su presencia, construir poder popular, poder que vaya de abajo hacia arriba, debatir, proponer. Las leyes serán favorables al pueblo cuando éste haya tenido verdadera participación en ellas. Es lo que ha sucedido con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Fue producto de un largo proceso de debate en el seno de los sectores populares, radios comunitarias, pueblos originarios, organizaciones sociales y culturales, asambleas barriales, organismos de derechos humanos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Serpaj, universidades, organizaciones estudiantiles, agrupaciones políticas, en una palabra, todo el espectro del campo popular. Tras este proceso, el Poder Ejecutivo presentó el proyecto a las cámaras legislativas, es decir, a los “representantes”, para que lo debatiesen y terminasen con la aprobación. La objeción de los grupos opositores en el sentido de que no tuvieron tiempo de discutirlo es, pues, una de las peores mentiras que se pudieran haber formulado. Si no lo debatieron, fue porque no les interesó.

De esta manera, en el proceso de formulación de esta ley se ha hecho realidad la relación dialéctica entre arriba y abajo, representantes y representados, en un proceso de creación de poder popular. Con ello se ha dado un gran paso en la superación de la mera democracia representativa hacia la democracia participativa. Depende ahora, en gran parte, que los sectores populares continúen su lucha por hacer de esta ley una realidad viviente que haga sentir un verdadero concierto de voces con tonalidades diferentes.

- La batalla por el lenguaje. En el paso del Estado feudal al moderno fue esencial la función cumplida por el lenguaje, según lo analiza Hegel en la Fenomenología del espíritu. En el Estado feudal el noble obedece pero mantiene a resguardo su propio juicio. Es el “orgulloso vasallo” cuyo lenguaje es el “consejo” por el bien universal. Se reserva su conciencia particular. Para el paso al Estado moderno fue necesario que el noble vasallo cambiase su lenguaje pasando del consejo al “halago”. El vasallo, que en el anterior Estado ejercía el heroísmo del servicio, dispuesto a jugar su propia vida en el campo del combate, pasa a ejercer ahora el “heroísmo de la adulación”, es decir, se transforma en cortesano dándole el yo o la conciencia al Estado y el poder real al yo, de manera que el monarca pudiera decir “el Estado soy yo”.

En la concepción de Hobbes, los hombres se entregan completamente al Estado que lleva el nombre mitológico de “Leviatán”, ese monstruo marino de poderes asombrosos. Pero ese monstruo es, en realidad, una máquina. Le falta la conciencia, el convertirse realmente en sujeto, transformación que sólo puede realizarse por medio del lenguaje. Esa es la tarea que realizan los nobles al transformar el lenguaje del consejo en el de la adulación. La dialéctica de práctica y conciencia, práctica y lenguaje, atraviesa todas las luchas sociales. El triunfo o la derrota en el ámbito del lenguaje tienen consecuencias profundas para el resultado final de la contienda. El momento del lenguaje, que en el paso del Estado feudal al moderno realizan los nobles, actualmente lo cumplen los grandes medios de comunicación, entre los cuales la radio y la televisión junto con los periódicos cumplen la tarea fundamental.

En la lucha que las patronales agrarias entablaron contra el Gobierno y los sectores populares el año pasado, la primera victoria que consiguieron las patronales fue la del lenguaje. De entrada, mediante el monopolio de los grandes medios de comunicación, lograron instalar la idea de que la lucha era del “campo” contra el Gobierno. El “campo” es un símbolo que mueve a la imaginación a dibujar románticas figuras campestres. El campo es el aire puro, lejos de la contaminación de la ciudad, es el frescor de la brisa, el trinar de los pájaros, el perfume de las flores silvestres. Es el trabajador campesino que se levanta con el sol y con él se acuesta. Es el que proporciona el alimento a toda la población. Es todo eso y mucho más. Siendo así, ¿quién puede estar contra el campo? Media batalla ya está ganada. La superconcentración de tierra y riqueza, la explotación de la peonada, las evasiones, la manera como se adquirieron las tierras, las consecuencias para la salud que acarrean los fumigaciones, las superganancias, todo ello queda oculto bajo el manto del “campo”.

En la batalla aún en curso por los servicios audiovisuales, las cosas se presentaron de la misma manera, pero esta vez el Gobierno y los sectores populares no dieron el brazo a torcer en la cuestión del lenguaje. Es necesario tener en cuenta que los grupos sociales y políticos enfrentados son los mismos que estuvieron en la lucha por la cuestión agraria, y la primera batalla se dio en torno del lenguaje. Los grandes medios que estuvieron en contra de la ley en cuestión siempre la nombraron como “ley K” o “ley mordaza” o “ley de control de medios”. De aceptarse este vocabulario, más de media batalla hubiese estado perdida. Los sectores de la “oposición” tuvieron siempre claridad sobre el problema, decididos a dar la batalla por el lenguaje. Pero esta vez, de parte del Gobierno y de los sectores populares no se cedió. La ley siempre fue designada con el nombre que le corresponde: Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Esta ley otorga a los sectores populares un excelente instrumento para las futuras batallas culturales. Ya no se escuchará una sola voz que les pone nombre a esas batallas, sino que será un concierto de voces que permitirán a la población contrastar opiniones y hacer su propia evaluación.

* Filósofo, profesor consulto de la UBA.

Fuente: Página 12 – 13/10/09

Horacio Gonzalez sobre la Ley de Medios de Comunicación


A la manera de Casullo

Por Horacio González *

Con la ley de medios audiovisuales ya aprobada –escribo esto luego de la transmisión televisada de la votación en el Senado–, creo que es necesario recordar algunas de las cuestiones que atravesaremos de ahora en más. Empleo el término “cuestiones” recordando precisamente el título de uno de los libros de Casullo, a mi juicio su trabajo maduro y excepcional, que en sí mismo representa una de las vetas de la pregunta sobre “el intelectual”, que según se lee en ese mismo libro, vale la pena saber si se va a mantener en los mismos términos que en la época de Voltaire o de Thomas Mann, o bien se extinguirá como palabra repudiada y vencida. En primer lugar, me gustaría recordar brevemente el artículo “La revolución como pasado”, que en sí mismo es un libro dentro del libro póstumo de Casullo, Las cuestiones.

Ahí, escribe un texto fundamental de la cultura crítica argentina, que si hubiera venido traducido del francés o escrito por otro autor de mundos intelectuales más notorios que el nuestro –no es necesario ejemplificar con nadie en especial– estaríamos todos citándolo en sus más mínimos destellos. En ese artículo, con su escritura con ritmos que periódicamente se expresan en cascada para luego volver a la calma, Casullo reescribe el panorama completo de la cultura revolucionara del siglo XIX y el que le sigue –Marx, Proudhon, Lenin, Kautsky, Trotsky, Sartre–, como si explorara un planeta vacío de hombres y de actualidad, pero que ofrece una viva y seductora nota antropológica. Una arrebatadora cultura extinguida. ¿Pero se dice eso para denostar, prescindir, rehusar? Todo lo contrario. Harían bien en leer este escrito los hombres que dignamente llevan hoy esos signos y son portadores de ese lenguaje. No se trata de examinar despectivamente la cultura de esa lengua que permanece sugerente pero talada por dentro, sino, primero, de contarla en sus más emotivas facetas ya sucedidas. Hacer la “crónica”. Casullo llamaba crónica a los pensamientos enteros, en su máxima tensión, pero con su narrativa interna intacta. Y esa crónica es fascinante, caudalosamente conmovedora, pero de una conmoción heroica, sin llanto ni demasía.

Justo cuando se cree que Casullo mira detrás un pilón de ruinas, es que usa el sortilegio de la crónica para –en lo escrito– reavivarlas. Pero en segundo lugar, se trata de descubrir el destino de una época y desbrozar el tema esencial de estos escritos casulleanos: ¿qué cosa es un cambio de época?

No conozco entre nosotros escritos mayores a éste para definir esta cuestión rampante de la filosofía del siglo XX. Casullo no era un historicista, por eso cada hecho que relataba con su destreza de novelista tenía que permitir que se extraiga de él toda su esencia. Así interpretado, cada hecho quedaba como un icono solitario en la historia: los populistas rusos, el monóculo de Bernstein con su socialismo de salón de buen burgués alemán, el marxismo con su escisión dramática entre su sujeto lector proclamado y los lejanos lectores reales. Específicamente, los aparatos de vulgarización del marxismo durante más de un siglo, establecieron un drama humano e intelectual de la convivencia de esos escritos filosóficos con los públicos urbanos y fabriles reales, tema desolador que así como lo presenta Casullo, nadie en nuestro país lo había estudiado en su capacidad de definir una cuestión de honda actualidad: el de los mediadores culturales.

Es así, pues, que cambian las épocas en cada acontecimiento con la suficiente fuerza metafísica –emplea, sí, este concepto, pues con él ve el reflejo intenso de cada época en lo apenas intuido por millones de hombres–, fuerza y acontecimientos que sin que se lo advierta, hacen de la verdad profunda del mundo histórico que vivimos algo desapercibido, pues siempre hablamos de otra cosa.

¿Qué es lo que no percibiríamos? Los alcances humanos de la “apoteosis tecnológica”, en la que el mundo comunicacional que hoy conocemos y sobre el que se plantea una nueva legislación, es su gema más autóctona. ¿Pero era Casullo un apocalíptico o un antitecnológico? No, porque lo que quiere es ver en qué condiciones, un mundo de signos nuevos aloja las viejas cuestiones. Esto es, la antigua forma de la cambiante creación humana, cómo se desenvolvería ahora en tiempos en que la “utopía tecnológica e informática” ya ha creado lenguajes propios, en parte expropiados del bagaje revolucionario anterior, dejando ante la realidad de su propio candor a los que creen –como creyeron los revolucionarios rusos– que los eventos de un tiempo de cambio ideológico bastaban para tranquilamente heredar la tecnología existente. Ahora quizás es al revés: las tecnologías poseen una verba oculta en que no poco se percibe que ellas heredaron –como vicarias astutas de su propia razón amortiguante–, las consignas memorables de la revolución.

Dicho esto, la obra de Casullo se lanza a investigar, siempre con su lenguaje autocreado (necesario para hablar de lo que se habla: precisamente, quiénes hablan o hablarán el lenguaje de la emancipación), qué cosa se puede hacer. Eso mismo investiga: qué nos está dado realizar, pensar, comprometer, ofrendar, hacer. En su crónica de los años de la utopía social revolucionaria, había seguido agudamente la manera en que ésta se iba reconociendo en un tiempo escatológico, como la audaz inmanencia de un reino mesiánico que, aunque se pugnaba por sofocar, en no poco favorecía las versiones populares del gran cambio teorizado como si éste en verdad fuese apenas una ciencia, una razón científica. Recogiendo así los idiomas de lo teológico-político, concepto que al cabo se halla en las más importantes obras de la modernidad, por supuesto en Benjamin y Schmidt, pero en esencia en los mayores filósofos modernos desde hace más de cuatro siglos, Casullo se propone entonces una empresa de estatura benjaminiana.

Pero sin que Benjamin sea una cita ni una bandera ni una conversación erudita, ni un mendrugo de una clase con parcial y final bien dados. Es un Benjamin asimilado secretamente y puesto de otro modo, silenciado en su idioma mesiánico, para pasar a ser escrito de otro modo, que lo desmantelaba y lo volcaba en los odres de “nuestra crónica argentina”. No es necesario ya decir su nombre y hago yo mal en escribirlo. Porque la pregunta casullística es si algo de aquella época que ofrece su valiente museo sin querer ser pieza arrumbada, puede volver a rozarnos.

La respuesta es que eso es posible, pero en nuevas condiciones, que habrá que escribir y pensar. De ahí la necesidad de inventar la lengua para decirlo, de ahí la necesidad de debatir las nuevas condiciones producción del lenguaje, de la construcción de museos de objetos y de lenguas, de la publicación de libros, de ahí el conjuro que nos es necesario para que adquieran otra forma los recursos filosóficos y literarios con los que contamos, para actuar ahora en otro tipo de civilización, que ha creado sus nuevos idiolectos deterministas en los que estamos inmersos. Me refiero a la circunstancia humana, lingüística y metafísica que llamamos creación de imágenes comunicacionales y pasaje a un estadio de vulgarización general de toda la cultura social humana. ¿Cómo hablar, pues? Esa es la cuestión, la cuestión de las cuestiones. El lenguaje de Casullo, que para muchos parecía no ser apto para la política, se preparaba para indagarla en sus puntos extremos.

Una ley no trata estos temas ni debe tratarlos. Muchos se asustan porque cuando aparecen los síntomas de una nueva libertad, es ahí donde la perciben vulnerada, sin interpretar que la sociedad argentina, o ensaya un nuevo lenguaje para tratar sus cuestiones, o desfallece y se extingue en la rusticidad y la perogrullada. Habrá nuevos compromisos y controversias duras. Y los combates en torno a la ley de medios, serán muy pronto debates sobre nuevos idiomas comunicaciones, nuevas críticas a las banales retóricas que nos agobian, para que la civilización argentina, construida a través de desgarramientos, frustraciones y grandes utopías varias veces centenarias, comience a renovar su lengua aterida y su vigor intelectual. La obra de Casullo, en su lectura, es uno de los recorridos para enfrentar estas cuestiones. El vio, intuyó, miró en sus últimos tiempos, la pregnancia de lo sagrado y se mantuvo prudente y tiernamente evocativo frente a ese “pensar sin tiempo” de lo religioso, que describió como una de las rapsodias de su niñez. Una ley, como ésta fundamental que acaba de aprobarse, es una ley y sus circunstancias. La obra de Casullo es una de esas circunstancias, que incumbe a nuestra actualidad atravesar.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

Fuente: Pagina 12 – 12/10/09

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 185 seguidores